jueves, 10 de abril de 2014

44 años de la separación de los Beatles: La balada de John & Yoko


John era un Beatle a pesar de sí mismo, con una convicción poderosísima de lo que ser un Beatle significaba, a la que creyó traicionar a través de lo que la Beatlemanía generó. Tal vez no se dio cuenta de que él mismo, junto con sus tres compinches, fue capaz de revertir todo ese contenido negativo de la celebridad, para transformar a The Beatles en uno de los más poderosos vehículos de cambio que el siglo XX haya presenciado. Pero él ya no pudo desprenderse del desencanto que toda esa locura le había causado, aún a pesar de seguir creando, aún a pesar de seguir marcando rumbos.

Velozmente pasó de ser un Beatle a ser un ferviente antibeatle. Sólo que nos permitimos dudar de que lo haya creído realmente. De alguna forma, muchas de sus declaraciones y las a veces tan terribles letras de sus canciones sobre The Beatles muestran tanta furia y tanto odio, pero al mismo tiempo tanto dolor, que tendemos a pensar que se asemejan mucho a la reacción de aquel que ha perdido un gran amor y que sabe que no lo podrá recuperar jamás.

Entre dos fuegos permanentemente, John amó tanto a los Beatles como los odió. Y se nos hace muy difícil establecer en que momento sucedió cada una de las cosas. Tal vez, es que sucedieron al mismo tiempo, de la misma forma en que amó y odió a su madre sin poder separar un sentimiento del otro. La característica de un soñador con un gran sueño, que lo ama por hermoso pero que -en algún punto- llega a odiarlo por irrealizable.

Ahora bien, ¿cuánto influyó Yoko Ono en este cambio de John que llevaría –irremediablemente– a la separación del cuarteto de Liverpool? ¿Es ella «la culpable» de que los Beatles hayan dejado de existir? ¿O la desbandada fue producto de una suma de factores dentro de los cuales Yoko era sólo uno más?

Woman

En una de las tantas entrevistas que concedió durante los 30 años que transcurrieron desde la fatídica noche del 8 de diciembre de 1980, Yoko comentó: «Cuando él murió sentí que no entendía nada. Y al principio hubo un momento en que perdí toda la confianza. No dejaba de preguntarme por qué. Pero luego empecé a entenderlo. Creo que la gente había comenzado a hablar de nosotros con mucho cinismo, no sólo de nosotros como pareja, sino también del mismo John. Yo era el blanco principal de todas las críticas, pero a él lo desprestigiaban por estar conmigo».

Yoko sabe que ha pasado a la historia (y que deberá vivir eternamente con ese estigma) como «la mujer que separó a los Beatles». Pero sabe que –de cierta forma– ella ayudó a devolverle al mundo a un Lennon no sólo renovado sino más centrado en su convicción de que con su arte podía construir una sociedad distinta. Tal vez por eso, agrega inmediatamente en esa misma entrevista: «Creo que durante una época la gente no escuchaba el mensaje de sus canciones; sin embargo, era muy importante que prestaran atención. Sentía con toda su alma que era fundamental que el mundo escuchara su mensaje y que sus obras tenían más fuerza cuanto menos atrapado se sentía en los límites de su propio cuerpo. Creíamos que componer canciones podía contribuir a mejorar el mundo. Pensábamos que nuestras canciones eran sinceras y que lo que surgiera de nosotros sería positivo porque la verdad tiene un poder en sí misma. John había venido a este mundo con esa misión. Tenerlo fue una suerte para todos nosotros».

Para Yoko está claro que, por más que se empeñaran en hablar de sí mismos como una «unidad», ella quedaba a la sombra de su famosísimo esposo.

La señora de Lennon siempre sostuvo que ambos aprendieron mucho uno del otro. «La vida es un proceso de aprendizaje y de tomar conciencia –dijo una vez–. En ese sentido puedo decir que hicimos juntos un viaje increíble, no sólo porque nos comprendíamos uno al otro sino porque descubrimos muchas cosas del mundo. Vengo de Oriente, él era occidental, yo soy mujer y él era hombre. El era muy afectuoso con las mujeres. Y yo, que era una mujer reivindicativa, comencé a sentir más simpatía hacia los hombres. Como ambos éramos artistas, vivíamos inspirándonos el uno al otro todos los días. Para bien y para mal. Yo lo veía bien, y creo que él también pensaba que era algo bueno. Quizá algunas personas odien esto. Mucha gente nos preguntaba: ¿No os dan ganas de destruiros al ser ambos artistas? Fuimos muy afortunados, porque nunca sentimos eso».

The end

Tapa del Daily Mirror. Abril 10 de 1970
Se podría decir que el fin de los Beatles fue en septiembre de 1969, cuando terminaron de grabar el álbum ‘Abbey Road’. Oficialmente, el calendario beatle se cierra el 10 de abril de 1970: ese día Paul McCartney anunció que dejaba la banda harto de un montón de cosas (entre ellas Yoko Ono) y que se largaba con una carrera solista. Pero, en realidad, la cosa venía de antes y si bien Paul apareció ante los ojos de todo el mundo como el primero que se iba hay otras versiones que pueden llevarnos a concluir que sólo aprovechó el mejor momento para dar el portazo.

Versión I: Lennon como el genio absoluto de una banda y el primero en comprender que cada uno debe seguir su camino para poder seguir creciendo, con Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr como los malos de la película que se niegan a aceptar a Yoko Ono. Versión II: Lennon metiendo de prepo en el seno del grupo a su nuevo amor, llevándola a las grabaciones y (¡gran herejía!) prestando oído a sus opiniones. Versión III: Lennon como ser sufriente que nunca se repone del abandono de su padre ni de las muertes de su madre y de su amigo Stuart Sutcliffe; Lennon como un generador de escándalos («Los Beatles son más grandes que Cristo») y profeta ácido responsable de hacer que rock y vanguardia sean una misma cosa; Lennon como amante del amor y publicista de su cama y de su japonesa. Versión IV: el hastío de George Harrison de ver como sus composiciones quedaban siempre relegadas para dar lugar a las de John o Paul. Versión V: Lennon como adicto compulsivo; heroína o Maharishi o Grito Primal o LSD o Yoko, es lo mismo, que genera el horror en sus tres compañeros. Versión VI: los malos manejos económicos de Apple, la productora que los Beatles crearon sin saber bien dónde se estaban metiendo y que perdía miles de dólares por día. Versión VII: Lennon como beatle crítico compositor de canciones sobre el horror de ser beatle (Help!, I’m a Loser), la resignación de ser beatle (I’m Only Sleeping, I’m So Tired, Across the Universe, She Said, She Said, Tomorrow Never Knows) y la angustiante felicidad de ya no ser beatle (todo el álbum ‘John Lennon Plastic Ono Band’). Versión VIII: las diferencias musicales entre Lennon & McCartney, dupla creativa donde se apoyó buena parte de la historia de The Beatles.

Dear Yoko

Para cuando apareció ‘Just Like (Starting Over)’ –último álbum de Lennon en colaboración con Yoko– hacía cinco años que John no editaba nada y la gente (que es mala y comenta) ya aseguraba que Yoko lo había hechizado para que el ex Beatle oficiara sólo de ama de casa, atendiera al pequeño hijo de ambos y se olvidase para siempre de su pasado artístico.

John concedió entonces una larga entrevista y allí volvió a hablar del inicio de su relación con Yoko. A la pregunta de cómo se inició su colaboración con Yoko, Lennon respondió: «Antes de conocerla estaba metida contra la guerra, protestaba, gritaba en un saco negro en Trafalgar Square. Y cuando nos conocimos hablamos de lo que queríamos hacer juntos. Y lo que queríamos era seguir con mi manera de ser y mi amor-amor-amor y con su manera de ser y su paz-paz-paz».

Recordó también que escuchaba cosas como «¿Qué es lo que están haciendo?» o «Esa bruja japonesa lo ha hechizado y lo está volviendo loco». Pero afirmaba que lo único que hizo su esposa fue «sacar de mi interior esa fantasía, ese vigor de mi alma que hasta entonces yo había tenido inhibido». John afirmó que «la necesitaba mucho, muchísimo. Quería estar con ella y realmente no podía sobrevivir sin ella. No podía seguir funcionando como ser humano. Cuando nos separamos (varios meses entre el ’73 y el ’74) me hice pedazos».

Y cierra aquella entrevista confiándole al periodista un deseo que, a dos meses de su asesinato, es casi una premonición: «Espero morir antes que Yoko porque si ella muriese yo no sabría como sobrevivir. No podría seguir adelante».

Come Together

Los años han ido poniendo las cosas en su lugar. Los Beatles siguen siendo los más grandes. Hay amplia evidencia de que McCartney fue el auténtico vanguardista sónico e impulsor de la banda durante los años en que Lennon se limitaba a ingerir ácido lisérgico como si se tratara de caramelos Sugus y, de tanto en tanto, componer odas magistrales sobre su viaje sin moverse tituladas ‘Day Tripper’, ‘I’m the Walrus’, ‘Strawberry Fields Forever’ hasta encontrarse con Yoko Ono, descubrir la heroína y provocar la crisis –luego de que los Beatles hubieran inventado todo lo que había para inventar– que determinó la última de las invenciones posibles, el postrero gesto artístico original y tantas veces imitado desde entonces: la separación de un grupo de rock como una de las bellas artes.

Difícil y sencillo imaginar qué hubiera sido de Lennon en los ’80, en los ’90 y en la primera década del siglo XXI. Cuesta poco pensar en una reunión –benéfica o millonaria, da igual– con sus ex compañeros, lejos ya de la mirada rasgada de su mujer. El paso de los años hubiera encontrado a Beatle John, seguro, trepándose a los escenarios de Oasis y Blur como artista invitado. Con los años, Lennon hubiera recuperado el filo y envejecido como un licor noble y amargo. Por lo menos, a uno le gusta pensar que así habría sido.

Con el advenimiento del año 2000 John Lennon fue elegido como el artista de rock más importante del siglo. Paul McCartney quedó segundo. Dicen que Paul no se sintió nada mal, pero ya no tenía enfrente al hombre con quien competía por el título de «Mr. Ególatra».

Y tal vez haya que buscar allí la verdadera razón de la separación de The Beatles. Tal vez haya que remontarse al 6 de julio de 1957. Ese día, un amigo en común presentó a John y a Paul. Se miraron de reojo, desconfiando uno del otro. Y la amistad que nació casi en forma inmediata no evitó que el ego enorme que anidaba en ambos se disparase. Primero fue una competencia sana y creativa. Con el tiempo se convirtió en una guerra por el espacio en los discos. Con la personalidad de ambos, con la historia que cada uno cargaba, era imposible que no hubiese sucedido así.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Dejarse caer en el lado oscuro


Editado hace 41 años (concretamente el 17 de marzo de 1973), el paso del tiempo no hace más que demostrar la vigencia de un álbum que ya se vendió cincuenta millones de veces y del que todavía hoy se compran casi mil copias diarias.

La luna ha sido y seguirá siendo un buen pretexto para muchas cosas. Puede tanto inspirar poemas de amor, albergar las fantásticas aventuras de Verne, subir y bajar mareas, determinar ciclos de fertilidad femenina o aceptar en el más completo silencio que le claven banderitas con barras y estrellas. Pero por encima de todo el astro permite que un grupo de rock inglés en suspensión animada siga vendiendo aproximadamente un cuarto de millón de copias cada doce meses de algo llamado «The dark side of the moon», un artículo de primera necesidad que debería formar parte de la canasta familiar.

«El lado oscuro de la luna» –a diferencia de lo que ocurre con otras producciones míticas y fundacionales– no ha envejecido en absoluto. Es el CD perfecto para el domingo por la mañana: música elaborada, música clásica que de tan digerida ni siquiera hay que pensar en que se la está escuchando.

Todo sigue estando en su sitio: los latidos de corazón relajado y los despertadores en celo, la frase/definición que nos informa que «ir aguantando en la más tranquila de las desesperaciones es the english way», el saxo de Dick Parry, la garganta profunda de Clare Torry en «The Great Gig in the Sky» (votada hace unos años como «la mejor canción para hacer el amor jamás compuesta”), el formidable principio de «Time», esa línea de bajo en «Money», la guitarra marca Gilmour en «Us and Them» y el gran final de «Eclipse».

La verdad sea dicha: al momento de elegir, mi corazón siempre estuvo más cerca de «Wish you were here» (1975) (de hecho, me puso al borde de la lágrima escucharlo en vivo en el primer show de Waters en River) y de «The Wall» (1979). Pero no hay duda de que nada puede imponerse al inexpugnable «The dark side…» en términos de impacto y de religiosidad popular. Considerado uno de los discos imprescindibles de la historia del pop (no deja de aparecer en todas y cada una de esas listas especializadas y de favoritos y de clásicos y de famosos y de ventas), es la piedra fundamental de casi todo lo que vino después, incluida la misma música de Pink Floyd.

Los Floyd en los estudios de Abbey Road, durante
las sesiones de grabación del álbum
Y eso que, lejos de las pretensiones demenciales de sus contemporáneos sinfónicos, los muchachos se limitaban a ir a trabajar para hacer dinero. La banda había disfrutado del prestigio under que –allá por 1967– los definía como la versión cerebral y más avant-garde de los Beatles y los celebraba por sus conciertos «con efectos especiales», perfectos para flotar ácidamente. Todos habían salido (al igual que John Lennon, Eric Clapton y Keith Richards) de las aulas de una escuela pública de arte inglesa, esos laboratorios sociales de posguerra y semilleros inesperados de buena parte del rock inglés de los sesenta. Pink Floyd ni siquiera tenía una mística de banda: ninguno fue muy amigo de los otros, ni siquiera en los buenos tiempos.

Los cuatro llegaron a los estudios de Abbey Road con pedazos de canciones. Waters se ofrece a hacerse cargo de todas las letras: así sería más fácil darle algún atisbo de unidad a semejante desorden. Nadie protestó. Waters anuncia que todo tendría que ver con la idea de «volverse loco”. Nadie protestó. La idea de unir las canciones con ruiditos también es de Waters, que ya había explorado esas cuestiones en «Atom Heart Mother». Todos aportan lo mejor de sí y se respira un aire de perfecta democracia creativa. Discuten un poco –un poquito– a la hora de la mezcla final, así que traen a Chris Thomas (responsable del mezclado del Album blanco de los Beatles) para que dirima la cuestión. El último ladrillo en la pared lo aporta la gráfica del estudio Hipgnosis. Desde entonces, esa portada misteriosa formará parte no sólo de la iconografía del rock sino, también, de la del Siglo XX.

«El lado oscuro de la luna» alcanzó el puesto número 2 en las listas de ventas de Inglaterra y –durante una semana– el número 1 en Estados Unidos. Después empezó a descender y a descender, pero –sorpresa– nunca terminó de salir: se quedó dando vueltas por ahí trescientas semanas consecutivas. Y cuando se le da la gana –como, seguro, ocurrirá en estos días– vuelve para ver cómo anda todo.

De algún modo, «El lado oscuro de la luna» fue el principio del fin: marcó el principio de la dictadura creativa de Roger Waters y condenó a la banda al infierno de someterse al Gran Tema Inevitable y Obligatorio que los convirtió en megamillonarios: «Wish You Were Here» (alienación y locura invocando la figura de Syd Barret, quien, sorpresa, una noche salió de los sótanos de la casa de su madre en Cambridge y se dio una vuelta por el estudio dispuesto a «grabar mi parte» ante el horror de sus antiguos camaradas); «Animals» (alienación y locura con cerdo inflable y fondo orwelliano de Rebelión en la granja); «The Wall» (alienación y locura en el infierno del music-business) y «The Final Cut» (alienación y locura durante la Guerra de Malvinas mientras se recuerda la muerte del padre en la Segunda Guerra Mundial).

Pink Floyd es una marca que vende por sí sola y ahora ni siquiera necesita existir para seguir cosechando. Como bien dijo alguien: en un mundo acostumbrado a que los artistas digan sí a todo, Pink Floyd se las ha arreglado para eternizarse diciendo una y otra vez que no. Por estos días, Waters y Gilmour andan grabando sus nuevos trabajos, que editarán en este 2014. Y todavía, cuando les preguntan si algún día van a volver con la banda ambos responden que ya lo hicieron (en el Live Aid 8, el último megaconcierto de caridad) y cambian de tema.

Mientras tanto, alguien sale a la calle para comprarse por última o primera vez «El lado oscuro de la luna». Ese lado oscuro al que vale la pena dejarse arrastrar.

domingo, 9 de febrero de 2014

El nacimiento del Vagabundo


Un 9 de febrero de 1914 se estrenaba "Mabel's Strange Predicament", con la dirección de Henry Lehrman y Mack Sennett y la actuación de Charles Chaplin y Mabel Normand, película para la cual Chaplin creó el personaje del Vagabundo (The Tramp), tal vez el personaje más famoso de la historia de las comedias cinematográficas y el más recordado y entrañable de toda la historia del cine. Cuando fue creado, nadie, ni el mismo Chaplin, pudo imaginar que alcanzaría fama y perdurabilidad. Lo que sigue, es el texto que el gran comediante inglés escribió en su autobiografía de 1964.

El día que terminé de filmar una película con Henry Lehrman, Sennett apareció en el estudio. En uno de los set estaba Ford Sterling y en otro Arbuckle; todo el estudio estaba ocupado por tres compañías que estaban trabajando simultáneamente. Yo estaba vestido con mi ropa de calle y sin nada que hacer, por lo tanto me quedé donde Sennett pudiera verme. El estaba con Mabel Normand examinando una escenografía que representaba el vestíbulo de un hotel y mordiendo la punta de su cigarro, dijo: "Aquí hacen falta algunos ‘gags’", y luego se dirigió a mí: "Ponte algún maquillaje cómico. Cualquier cosa puede servir".

Yo no tenía idea de que manera podía maquillarme. No me gustaba mi caracterización de periodista. Sin embargo, cuando iba camino al vestuario pensé en ponerme unos pantalones abolsados, zapatos grandes, un bastón y un sombrero hongo. Quería que todo fuera contradictorio: los pantalones serían abolsados, el saco ajustado, el sombrero pequeño y los zapatos enormes. No había decidido aún sobre la apariencia de mi rostro, pero entonces recordé que Sennett quería que se me viera más grande, por lo tanto me coloqué un pequeño bigote pensando que me agregaría edad sin ocultar mi expresión.

No tenía idea de como sería el personaje. Luego ni bien me vi vestido y maquillado, tuve la idea cabal de cuál sería el tipo de personaje que había imaginado. Comencé a conocerlo bien y ya cuando volví al estudio tuve la certeza de que él había nacido por completo. Cuando llegué ante Sennett asumí el personaje y me puse a caminar frente a él balanceando mi bastón. Sennett era muy buen público y se reía con ganas cuando algo le resultaba gracioso. Comenzó a reírse con risitas ahogadas hasta que todo su cuerpo se sacudió de risa. Eso me alentó y comencé a explicarle mi personaje: "Este sujeto tiene muchas facetas, es un vagabundo, un caballero, un poeta, un soñador y un solitario, siempre deseoso de romance y de aventuras. Es capaz de hacerle creer a uno que es un científico, un músico, un duque o un jugador de polo. Sin embargo, no le importa recoger puchos de cigarrillos o robarle un caramelo a un niño. Y por supuesto, si la ocasión lo requiriera, sería capaz de darle un puntapié en el trasero a una señora... ¡pero sólo si estuviera sumamente enojado!"

Y seguí hablando así durante más de diez minutos, logrando que Sennett continuara con sus risitas. "Muy bien", me dijo, "ve al decorado y trata de ver que puedes hacer allí". Al igual que en las películas de Lehrman yo sabía muy poco del argumento del film, salvo que Mabel Normand tenía problemas con su marido y su amante. En todo lo que sea comedia es muy importante tomar una actitud definida, pero no siempre es fácil encontrarla. Sin embargo, al ingresar en el vestíbulo del hotel sentí que yo era un impostor que se hacía pasar por uno de los que vivían allí, pero que en realidad era un vagabundo buscando refugio. Entré y tropecé con el pie de una dama. Me volví y me quité el sombrero excusándome, luego seguí y tropecé con una estatua, entonces me volví y me quité el sombrero excusándome ante la estatua. Detrás de la cámara empezaron a reírse.

De pronto se había reunido bastante gente allí, no sólo los actores de los otros elencos que habían dejado sus set para venir a vernos, sino también los utileros, los carpinteros y los integrantes del departamento de vestuario. En verdad, eso era todo un halago.

Cuando terminamos el ensayo teníamos una gran cantidad de público riéndose. De pronto lo vi a Ford Sterling que estaba espiando por detrás de otras personas. Cuando terminamos, supe que lo había hecho bien. Al final de la jornada, cuando fui al camarín, encontré a Ford Sterling y a Roscoe Arbuckle que estaban quitándose sus maquillajes. Se habló muy poco, pero el ambiente estaba cargado. Tanto Ford como Roscoe me tenían simpatía, pero francamente yo presentí que estaban sufriendo un conflicto interno.

La escena había tenido una extensión de setenta y cinco pies. Más tarde, el señor Sennett y el señor Lehrman discutieron si convenía dejarla así o cortarla, ya que las escenas comunes de comedia muy pocas veces tenían una extensión superior a los diez pies. Yo les dije: "Si es cómica, ¿qué importa cuanto dure?". Y ellos decidieron mantener su extensión de setenta y cinco pies. Ya que la ropa me había hecho encontrar mi personaje, decidí allí mismo que la seguiría usando, pasara lo que pasara.

Esa noche volví a mi casa en ómnibus con uno de los actores secundarios. El me dijo: "Bueno, muchacho, has comenzado algo importante; nunca antes alguien había conseguido que se rieran así en el estudio, ni siquiera Ford Sterling... ¡y debías haberle visto la cara, era impresionante!"

"Esperemos que también los espectadores se rían así” -le contesté, tratando de disimular mi satisfacción."

lunes, 27 de enero de 2014

Algo de la vieja magia...

Pasan los años, pero ellos siempre tienen un poquito más de felicidad para regalarnos... Paul McCartney y Ringo Starr, anoche, en el escenario de los 56th Grammy Awards 2014, después de interpretar juntos "Queenie Eye". El momento mágico de la noche... y una gran emoción!

viernes, 22 de noviembre de 2013

De blanco


The Beatles. O “El Álbum Blanco”. Una de las más impresionantes creaciones de un grupo contemporáneo. Ha sido motivo de controversia durante años y hasta fue considerado una mera muestra de pistas solistas y hasta se asegura que fue concebido como la suma de esfuerzos individuales. Sin embargo, aunque al momento de editarse los problemas y tensiones por los que el grupo atravesaba eran muchos, el Álbum Blanco se abría ante el público como un manual de la música popular desde 1920 en adelante, una especie de fuente inagotable en la que todos bebieron luego.

Luego de cinco meses de trabajo en los estudios de EMI, un lapso sin precedentes para la época, el 22 de noviembre de 1968 los Beatles editan una obra nueva, el álbum doble llamado simplemente “The Beatles”. Desde sus tapas completamente blancas, el cuarteto anunciaba su intención de alejarse de la psicodelia para retornar al rock and roll de los comienzos. De hecho, el sonido simple del “Álbum blanco” era una virtual antítesis a la elaboración extrema de “Sargento Pepper”.

Los críticos se extasiaron ante la enorme selección y diversidad de gusto en este álbum que abarcaba desde la extraña Revolution  9 de John hasta la dulce Mother Nature’s Son (Hijo de la Madre Naturaleza) de Paul. Para muchos críticos, la variedad del disco representó una perfecta síntesis de la música occidental.

Tony Palmer, el crítico del “London Observer” comentó: “Si queda alguna duda de que Lennon y McCartney son los más grandes compositores desde Shubert, entonces este disco hará seguramente que el esnobismo cultural y el prejuicio burgués sean arrastrados en un diluvio de jubilosa interpretación musical”.

Si bien en el Álbum Blanco quedaba claro que los Beatles todavía funcionaban como grupo, no era menos cierto que –en determinadas ocasiones– no siempre se necesitaban los unos a los otros para dejar grabada una canción. Lo cierto es que para esa época, la relación laboral estaba en crisis y los Beatles se encaminaban hacia la separación.

India: la génesis

Los Beatles habían conseguido en 1968 lo que cualquier músico de cualquier época siempre hubiera soñado. Tan solo cinco años después del lanzamiento de su primer álbum eran considerados el mayor fenómeno Pop-Rock de todos los tiempos y tenían todo lo que pudieran desear. Tal vez la necesidad de vivir nuevas experiencias o de reencontrarse consigo mismos, les llevó a seguir un curso de meditación trascendental con el Maharishi Mahesh Yogi en Rishikesh, India.

Los Beatles fueron allí para olvidarse de su vida como superestrellas de la música. Pero aunque no se quedaron en India mucho tiempo, lo cierto es que el aislamiento y la ausencia de preocupaciones diarias hicieron que John y Paul escribieran un buen número de canciones. De hecho entre los cuatro Beatles, 32 canciones fueron traídas de la India. La naturaleza acústica de muchas de ellas se reflejó posteriormente en las pistas de su nuevo trabajo.

Con todas estas canciones, los Beatles decidieron publicar un doble LP que ofreciera tanto calidad como cantidad. Los talentos individuales de los cuatro encontraban la estructura del grupo demasiado restrictiva para sus propias ideas. A esta altura, ninguno de ellos estaba dispuesto a descartar alguna de sus canciones en favor de la de otro. El Álbum Blanco se convirtió así en un esfuerzo conjunto de cuatro individuos, cada uno reclamando tiempo en el disco para sus propias composiciones.

Una meseta elevada

Desde su primer álbum (Please Please me, 1963) hasta Help! (1965), la evolución de los Beatles en el terreno musical –si bien lenta e irregular– no conoció estancamientos ni mucho menos retrocesos. Es Rubber Soul (diciembre de 1965) el primer álbum que marca una ventaja considerable respecto del anterior. De ahí en adelante, comienza una escalada creativa que culmina en el preciosismo de Sargent Pepper’s LHCB (junio de 1967). No era poco pasar en cinco años de Love me do (Ámame) a Lucy in the sky with diamonds (Lucy en el cielo con diamantes). Pocas veces la historia de la música popular tuvo la oportunidad de experimentar un cambio tan visible como repentino. Pero el interrogante quedaba abierto: ¿podían los Beatles superar a Sgt. Pepper?

A partir de 1968 quedó claro que para el cuarteto de Liverpool la experimentación había agotado todas sus posibilidades. Por eso, en lugar de intentar lo imposible hicieron algo más inteligente: hacer de cuenta que empezaban de nuevo. Si la psicodelia se había caracterizado por la profusión de colores y los títulos exóticos, el disco siguiente tendría una portada blanca y el título más sencillo: The Beatles. De ese modo, interrumpieron el ascenso para transitar una meseta. Pero una meseta inmensamente elevada.

Visto en retrospectiva, el resultado final fue la obra más moderna del grupo. Fue justamente el hecho de haber sido concebido como un intento de hacer simplemente música –renunciando a la experimentación sonora– lo que les permitió alumbrar un producto menos pretencioso pero a la vez más atemporal.

Para quien no lo conoce, es difícil ubicar al Álbum Blanco en su época de elaboración y edición, justamente porque se trata de una obra revisiva, anclada simultáneamente en las últimas tendencias experimentales (Revolution 9) pero también en la antiquísima tradición del hombre cantando acompañado sólo por su guitarra (Julia; Blackbird). El álbum doble es una especie de resumen de toda su obra hasta esa fecha pero que devela la inevitable experiencia adquirida en cinco años. Así, la simplicidad que posee en algunos momentos el Álbum Blanco está cargada de un grado de virtuosismo que no poseían sus primeras grabaciones.

Escribiendo una canción

Las letras del Album Blanco muestran a los Beatles a cara descubierta, con sus luces y sus miserias. Abundan las referencias autobiográficas y en algún caso, el sujeto que canta parece un delegado de la voluntad del conjunto (“Bueno, estamos haciendo lo que podemos”, Revolution 1). Pero la acidez es de otro tipo y en algunos pasajes la nueva obra sabe a resaca de fiesta (¿qué otra cosa había sido 1967?). La depresión absoluta (Yer Blues; I’m so tired) y la crítica en su forma más pura y directa se instalan y -por primera vez- aparece la desilusión del mundo. Contrariamente, también abundan los pasajes celebratorios del día y la naturaleza y las tendencias idílicas en la reabierta zona de la canción de amor.

John Lennon muestra un vuelco desde el surrealismo a la canción de protesta. El contexto social (recién se apagaban los fuegos del Mayo Francés y la guerra de Vietnam era ampliamente repudiada por los jóvenes) está presente en Revolution 1 y Glass Onion (Cebolla de vidrio). También está presente su entorno inmediato: Julia (dedicada a su madre y a Yoko Ono), Sexy Sadie (que muestra su desilusión para con el Maharishi) y Everybody’s got something to hide except for me and my monkey (Todos tienen algo que ocultar excepto yo y mi mono), otra vez sobre Yoko y la visión que ambos tienen del mundo. Los temas que John introduce en el Album Blanco son una colección insuperable. Quizás su mejor trabajo para un LP de los Beatles y superior en su conjunto a cualquier obra solista posterior.

Pero quien más fácilmente se adaptó al retorno a formas primitivas fue Paul McCartney, poseedor de una gran habilidad para reproducir estilos de cualquier época. El homenaje a la música sencilla de los comienzos está presente en I will (Lo haré) y Birthday (Cumpleaños), claros ejemplos de la época en que los Beatles subordinaban las letras a la melodía y los arreglos. Rocky Raccoon y la encantadora Honey Pie (Pastel de miel), recogen la nostalgia de Paul por la vieja música americana y Helter Skelter planta la semilla de lo que luego conoceríamos como “heavy metal”.

Por último, la obra de George Harrison alterna entre las fórmulas revisitadas y la exploración. George también retoma la canción tradicional con Long long long (Hace ya mucho); se hace cargo de la crítica social en Piggies (Cerditos); ofrece un referente absolutamente original y con aires de soul en Savoy Truffle (Trufas de Saboya) y de paso nos regala una de las más grandes creaciones de los Beatles: While my guitar gently weeps (Mientras mi guitarra llora suavemente), donde le toma el pulso a su tiempo (“miro el suelo y veo que necesita una limpieza”) y critica al mundo que ha transformado al hombre en una ficha social, rotulado y con valor fijo (“No se como alguien te controló, te compraron y te vendieron…”).

La suma de las partes

Por primera vez en la historia de los Beatles y, tal vez, por primera y única vez en la historia musical, un grupo fue capaz de demostrar en una realización que podía transitar por el rock’n’roll, el reggae, el soul, el pop, el blues, el folk, el country, el swing e inclusive el avant-garde con consumada habilidad, sin dejar por eso de sonar como los Beatles, sentando además las bases para nuevas corrientes como el grunge y el hard rock.

George Martin, el productor de los Beatles, trató en vano de convencer a los chicos para que transformasen este doble álbum de treinta canciones y noventa minutos en un álbum pulido, con menos canciones y no más de cuarenta minutos de extensión. “Mi opinión es que debía haber sido un álbum sencillo. Hubiese sido un álbum fantástico de haber estado condensado”, comentó Martin algunos años después. Pero los Beatles prefirieron dejar dentro de su obra este legado al que todos deben referirse para saber de qué se está hablando en lo musical.

No hay que olvidar que en 1968, el nuevo trabajo de los Beatles fue juzgado por su música y sus canciones no fueron consideradas como astillas de cristal que reflejaban las desavenencias internas de la banda por una razón muy sencilla: nadie conocía lo que se cocinaba en el seno del grupo. Por el contrario, las canciones fueron vistas como una efusión musical de una enorme riqueza, cantidad y diversidad. Los Beatles trabajaron en conjunto en muchas de las canciones del álbum. Y como tan contundentemente lo demuestran While my guitar gently weeps, Back in the USSR, Yer Blues, Revolution 1, Helter Skelter, Birthday o Dear Prudence, los trastornos internos no tenían por que traducirse en una música mediocre.

Hoy, conociéndose la trastienda de la grabación, es probable que algún despistado pueda seguir cuestionándose el hecho de que el álbum es una suma de individualidades. Pero desde entonces nunca hubo (y me animo a decir que nunca habrá) en la historia de la música popular otras individualidades como esas y, mucho menos aún, sumadas.

Musicalmente imposible de superar, el Album Blanco transformó el panorama musical en un sistema planetario en el que The Beatles pasaron a ser el sol alrededor del cual todos giraron. Una luz sin la que nada ni nadie podría brillar por sí mismo.

viernes, 15 de noviembre de 2013

2014: El año de las sagas


Definitivamente, 2014 será uno de esos años en los cuales, a falta de ideas, Hollywood se decanta por terminar ofreciendo nuevos capítulos de éxitos ya probados en la taquilla de los cines. Así, los seguidores de las sagas de Marvel, Tolkien, y de los comics en general, estarán mas que contentos con los films anunciados para el próximo año.

Hay cinco títulos que -a priori- serán los más convocantes. El primero está basado en la novela gráfica de Frank Miller, «Xerxes»: «300: Rise Of An Empire» (300: El Origen de un Imperio), que con dirección de Noam Murro, se estrenará en 3D. Esta nueva entrega lleva la acción al campo de batalla (esta vez, en el mar) y nos narra los intentos del general griego Temístocles de unificar toda Grecia dirigiendo el cambio que modificará el curso de la guerra. Para ello debe enfrentarse contra las invasoras fuerzas persas capitaneadas por Xerxes (mortal devenido en dios), y Artemisia, la vengativa comandante de la armada persa. En el elenco, destacan Eva Green, Rodrigo Santoro y Jack O'Connell.

El segundo título que se destaca es «Captain America: The Winter Soldier» (Capitán América: el Soldado de Invierno), continuación de las aventuras del héroe de la Marvel dirigida por Anthony Russo. Chris Evans repite su papel del Primer Vengador, y también aparecen Scarlett Johansson (nuevamente como Black Widow), Samuel L. Jackson (Fury), y el eterno Robert Redford. El film arranca donde terminaba la primer entrega de «The Avengers» y el Capitán América, Black Widow y Halcón deberán enfrentarse a un enemigo extraordinario: el Soldado de Invierno.

«X-Men: Days of Future Past» (X-Men: Días del Futuro Pasado), es la nueva entrega basada en el equipo de los super héroes de la Marvel. Bryan Singer vuelve a ponerse detrás de la cámara para dirigir un elenco donde volvemos a encontrarnos con Hugh Jackman (Wolverine), Anna Paquin (Rogue), Patrick Stewart (Charles Xavier), Ian McKellen (Magneto), Halle Berry (Storm), Ellen Page (Shadowcat) y Shawn Ashmore (Iceman).

En esta ocasión los X-Men deben enfrentarse con un evento que, de ocurrir, generaría un futuro en el que 10 años después de «X-Men: The Last Stand», los mutantes vivirían en campos de concentración y serían vigilados por una armada de robots centinelas y muchos de los X-Men habrían sido capturados o muertos. Para evitarlo deberán viajar en el tiempo e impedir un importante suceso histórico acontecido en 1973, por lo que Kitty Pryde usará sus poderes con el fin de enviar la mente de Wolverine a su cuerpo del pasado donde coincidirá con las versiones jóvenes de Charles Xavier (James McAvoy), Magneto (Michael Fassbender) y Mystique (Jennifer Lawrence).

También la exitosa novela del escritor C. S. Lewis tendrá un nuevo capítulo, esta vez bajo el título «The Chronicles of Narnia: The Magician's Nephew» (Las Crónicas de Narnia: El sobrino del Mago). Será la cuarta entrega de la adaptación cinematográfica de la saga literaria y aunque «El Sobrino del Mago» es el sexto libro por orden de publicación de la serie, la historia es una precuela de «El león, la bruja y el armario».

Por último, en diciembre de 2014, verá la luz la tercera y última parte de la adaptación de la novela de J.R.R. Tolkien «El Hobbit», precuela de «El Señor de los Anillos». Lleva por nombre «The Hobbit: There and Back Again» (El Hobbit: partida y regreso) y -por supuesto- será estrenada en 3D con dirección y guión del neozelandés Peter Jackson. Martin Freeman, Hugo Weaving, Cate Blanchett, Elijah Wood, Andy Serkis, Ian McKellen, Christopher Lee, Ian Holm, Luke Evans, Evangeline Lilly y Richard Armitage repiten en los caracteres que ya aparecieron tanto en las tres entregas de «El Señor de los Anillos» como en las dos primeras partes de «El Hobbit». Uno de los rumores que han corrido con mucha fuerza es que Leonard Nimoy (el legendario Spock de la serie original de «Viaje a las Estrellas»), tendría una pequeña participación en la película.

Si bien las dos primeras entregas (la segunda de ellas, «Un viaje inesperado» se estrena el próximo 13 de diciembre) trataron específicamente del contenido del libro, esta tercera historia se centrará en los hechos que acontecieron entre el final de «El hobbit» y el inicio del libro «La Comunidad del Anillo». Para la realización de esta película, la historia fue ampliada con otros escritos de Tolkien, como por ejemplo la reunión del Concilio Blanco, que permite explicar a donde fue Gandalf cuando dejó a los Enanos y a Bilbo a las puertas del Bosque Negro.