domingo, 29 de junio de 2014

La isla

Aldous Huxley

El siglo XX tuvo, entre sus pensadores más lúcidos, al inglés Aldous Huxley, autor de dos libros emblemáticos: «A Brave New World» (conocido en español como «Un Mundo Feliz») y «La Isla». En el primero, pinta lo que podría ser un retrato del mundo del futuro, gracias a la organización técnica y científica que busca eliminar la posibilidad de pensar diferente, de ejercer las libertades individuales sin coerciones e imposiciones por parte de «los que mandan». Leído con cierta amplitud mental, este libro (de gran parecido a aquél «1984» de Orwell) nos lleva a comprender cuán cerca estamos de la implantación de ese modelo.

En «La Isla» -seguramente por una necesidad interna del autor de permitirse soñar con un mundo diferente-, algunos miembros del «Primer Mundo» llegan por accidente a esa isla, habitada por seres que han ido creando un mundo libre y compasivo. La combinación de ambas culturas da por resultado un lugar absolutamente atípico, donde nadie posee nada, ni siquiera los propios hijos, que son libres de buscar su destino y acompañarse de las personas que les resultan más afines, y donde la única ley imperante es el amor responsable hacia los demás y hacia la propia naturaleza.

Los estudios científicos de los últimos años han mostrado especial interés en tratar de comprender el por qué de nuestro comportamiento. Un grupo, con un tal Paul Mac Lean a la cabeza, llegó a la conclusión de que nuestro cerebro es en realidad un cerebro trino: base de comportamiento reptil, posterior agregado de cerebro mamífero y desarrollo (en lo últimos años) de un cerebro que podríamos considerar humano propiamente dicho. El primero, el reptil, tiene como basamento los principios de Territorio, Jerarquía, Ritual y Engaño y carece en absoluto de compasión. Más bien basa su accionar en sus propios limitados intereses utilizando los cuatro elementos mencionados.

El cerebro mamífero incorpora el cuidado de las crías (cosa que los reptiles no poseen), el juego y algunas emociones. El juego, principalmente utilizado como forma de conocimiento, de comprender las propias limitaciones y la necesidad de otros para poder ejercerlo fue, gracias a la influencia del cerebro reptil, convertido luego no en un placer sino en una competencia, donde lo que importa no es jugar sino ganar, encasillar a los participantes en «jerarquías» y competir, competir, competir. El último componente del cerebro, el que podríamos considerar «humanista» es el único cerebro capaz de introspección, de ponerse en el lugar del otro, de la empatía y, en consecuencia, de la compasión y el amor.

Si usted, estimado lector, quiere saber cuál de los tres está usado predominantemente en nuestra sociedad, cuál de los tres va «ganando», bastará que encienda un televisor y contemple la mayoría de las caras y escuche lo que tienen para decir. O bien, asómese a la calle y contemple a quienes manejan sus vehículos con ferocidad prepotente. O bien escuche a políticos y periodistas con sus charlas llenas de engaños, que apelan a la territorialidad. O bien, escuche a los pastores con sus rituales y promesas falsas de «prosperidad» para los que los sigan, mientras nos describen a un presunto «Señor» que no parece conmovido por los millones de víctimas de toda clase que sufren injusticia y exclusión en el planeta que es de todos, sino que sólo busca que lo adoremos a él.

La experiencia de «La Isla» (no voy a contarles cómo termina por respeto a los que aún no la han leído) en cierto modo se emparenta con la teoría de los tres cerebros, en el sentido de que por medio de una educación correcta podríamos llegar a promover seres que den predominio al cerebro «humano», que descarten desde el vamos la competencia, la acumulación, el egoísmo y se dediquen a disfrutar de la mutua compañía, del esfuerzo comunitario, del goce de lo natural, de la creatividad de la que todos somos capaces en una u otra medida, y no sientan necesidad de crear armas de destrucción masiva, ejércitos, grandes empresas, ni consumismo.

Como ejercicio, podríamos hacernos dos preguntas: ¿Por qué, si todos disponemos de un cerebro humano, no nos estimulan a usarlo, en vez de sistemáticamente atrofiarlo, creándonos necesidades que no son tales y aturdiéndonos con torpes mentiras constantes? ¿Por qué se nos niega la posibilidad de hacernos preguntas verdaderamente importantes para nuestra felicidad, en vez de someternos a parámetros enfermos como si fueran verdades absolutas?

De la respuesta a la que lleguemos dependerá que el futuro se parezca más a lo que Huxley soñaba que a lo que Orwell daba por hecho y que parece esperarnos ahí nomas, a la vuelta de la esquina.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Cuando el terror nuclear tomó forma de monstruo


Kaiju Eiga es el término utilizado para definir las películas japonesas de monstruos y proviene de Kaiju (monstruo) y Eiga (película). El Kaiju Eiga creó un estilo propio y peculiar que ya es un mito. Inoshiro Honda (Ishirō Honda, en su idioma natal) fue un director de cine japonés de cuyo nacimiento se cumple hoy (7 de mayo) el centésimo tercer aniversario. Vale decirlo: sin él, ninguno habría disfrutado de pequeño (y de grande tampoco) aquellas fantásticas pelis de Godzilla y otros monstruos que “Cine de Súper Acción” nos regalaba cada sábado a la tarde.

La idea primera se le ocurrió en la década de los 50 al productor japonés Tomoyuki Tanaka (que trabajaba para Toho), algunos dicen que fue cuando vio al dinosaurio animado por Ray Harryhausen en The Beast From 20.000 Fathoms (El monstruo de tiempos remotos, Eugene Lourie, 1953). Otros dicen que cuando hacía un viaje en avión y miraba por la ventanilla las aguas insondables del Océano Pacifico imaginó (gracias al alcohol que ingirió mezclado con la altura) que allí abajo dormía un monstruo gigante que si despertaba y salía a la superficie, su solo tamaño provocaría el fin del mundo. Lo cierto es que Tanaka se puso en contacto con el especialista en efectos especiales Eiji Tsuburaya que soñaba con hacer una película de ese tipo (por esa época se había reestrenado en Japón el King Kong original con muchísimo éxito) y le contó su proyecto.

Pero vale tener en cuenta que el país no lo estaba pasando demasiado bien, todavía estaba latente la tragedia nuclear de Hiroshima y justo un barco pesquero de origen japonés había entrado inadvertidamente en una zona donde Estados Unidos llevaba acabó ensayos nucleares por lo que los marineros y la pesca capturada sufrieron los terribles efectos de las radiaciones. Tanaka no era ajeno a todo esto. Fue entonces cuando el monstruo pensado tomó otro cariz.

Apareció entonces y termino involucrándose en el proyecto Inoshiro, que había sido el asistente de Akira Kurosawa y que al visitar Hiroshima en 1946 se había prometido llevar todo ese horror a alguna de sus películas. Así nacía Gojira, que unía 2 palabras japonesas "gorira" (gorila) y Kujira (ballena); aunque finalmente cuando se exporto al resto del mundo se la conoció como Godzilla. En 1954, con "Godzilla, Japón bajo el Terror", se inicia el mito del monstruo y la creación de un género.

El fenómeno trascendió fronteras, como la máxima expresión de la inconsciencia humana en el bombardeo norteamericano de Hiroshima y Nagasaki, que provocó el horror nuclear que Japón sufrió a finales de La Segunda Guerra Mundial. La figura del popular saurio encarna este horror y advierte sobre las consecuencias que acarrea la utilización de las armas nucleares. Así, Inoshiro supo trasmitir al público el drama real y tenebroso de una historia oscura, desarrollada a modo de pesadilla sobre los efectos de las armas nucleares en la población civil. Escenas como las de los supervivientes en uno de tantos hospitales de las afueras de la arrasada Tokio son de un impacto aterrador, que no se ha vuelto a ver en ningún otro filme de la saga, sobre todo cuando los médicos ven con sus medidores Geiger que los supervivientes heridos están contaminados por la radiación que Godzilla ha dejado tras de sí.

Los centenares de miles de muertos, las muertes lentas provocadas por la contaminación radiactiva y la imposibilidad de denunciar aquel horror en un Japón ocupado le obsesionaron durante toda su vida por la amenaza de las armas atómicas. Cuando en 1954 además los Estados Unidos comenzaron las pruebas con la bomba de hidrógeno en el Pacífico el germen de Godzilla estaba sembrado. Sin Honda y sus obsesiones por el horror atómico y el papel trágico del hombre de ciencia en nuestros tiempos la saga Godzilla no sería la misma y hubiese evolucionado más rápidamente de lo que lo hizo al infantilismo o al cine clase Z... o sencillamente no habría aparecido.

jueves, 17 de abril de 2014

Los Beatles por García Márquez


En recuerdo de uno de los más grandes escritores que haya dado América Latina, y a quien voy a extrañar...

Los Beatles
Por Gabriel García Márquez

Así es: la única nostalgia común que uno tiene con sus hijos son las canciones de los Beatles. Cada quien por motivos distintos, desde luego, y con un dolor distinto, como ocurre siempre con la poesía. Yo no olvidare aquel día memorable de 1963, en México, cuando oí por primera vez de un modo consciente una canción de los Beatles. A partir de entonces descubrí que el universo estaba contaminado por ellos. En nuestra casa de San Angel, donde apenas si teníamos donde sentarnos, había solo dos discos: una selección de preludios de Debussy y el primer disco de los Beatles.

Por toda la ciudad, a toda hora, se escuchaba un grito de muchedumbres; "Help, I need somebody”. Alguien volvió a plantear por esa época el viejo tema de que los músicos mejores son los de la segunda letra del catálogo: Bach, Beethoven, Brahms y Bartok. Alguien volvió a decir la misma tontería de siempre: que se incluyera a Bosart. Alvaro Mutis, que como todo gran erudito de la música tiene una debilidad irremediable por los ladrillos sinfónicos, insistía en incluir a Bruckner. Otro trataba de repetir otra vez la batalla a favor de Berlioz, que yo libraba en contra porque no podía superar la superstición de que es oiseau de malheur, es decir, pájaro de mal agüero. En cambio, me empeñe, desde entonces, en incluir a los Beatles.

Emilio García Riera, que estaba de acuerdo conmigo y que es un critico e historiador de cine con una lucidez un poco sobrenatural, sobre todo después del segundo trago, me dijo por esos días: “Oigo a los Beatles con un cierto miedo, porque siento que me voy a acordar de ellos por todo el resto de mi vida”. Es el único caso que conozco de alguien con bastante clarividencia para darse cuenta de que estaba viviendo el nacimiento de sus nostalgias. Uno entraba entonces en el estudio de Carlos Fuentes, y lo encontraba escribiendo a maquina con un solo dedo de una sola mano, como lo ha hecho siempre, en medio de una densa nube de humo y aislado de los horrores del universo con la música de los Beatles a todo volumen.

Esta tarde, pensando todo esto frente a una ventana lúgubre donde cae la nieve, con mas de cincuenta años encima y todavía sin saber muy bien quien soy, ni que carajos hago aquí, tengo la impresión de que el mundo fue igual desde mi nacimiento hasta que los Beatles empezaron a cantar. Todo cambio entonces. Los hombres se dejaron crecer el cabello y la barba, las mujeres aprendieron a desnudarse con naturalidad, cambió el modo de vestir y de amar, y se inicio la liberación del sexo y otras drogas para soñar.

Fueron los años fragorosos de la guerra de Vietnam y la rebelión universitaria. Pero, sobre todo, fue el duro aprendizaje de una relación distinta entre los padres e hijos, el principio de un nuevo dialogo entre ellos que había parecido imposible durante siglos.

En "16 de Diciembre de 1980"
Extractado de Notas de prensa 1980 – 1984

miércoles, 16 de abril de 2014

Discurso final de "El gran dictador"


«Lo siento, pero yo no quiero ser emperador, porque ése no es mi oficio. No quiero gobernar ni conquistar a nadie sino ayudar a todos si fuera posible, a judíos y gentiles, a blancos y negros. Todos tenemos que ayudamos, pues así son los seres humanos.

Deseamos vivir la felicidad del otro, no su angustia, ni queremos odiar y despreciar a nadie. En este mundo hay sitio para todos, y la tierra es rica y puede proveer para todos. El camino de la vida podría ser libre y hermoso pero lo hemos perdido. La codicia ha envenenado el alma de los hombres y ha formado barricadas de odio en este mundo. Nos ha hecho ir despacio, sobre todo por la sangre derramada. Hemos dominado la velocidad pero la maquinaria que nos dio la abundancia también nos ha dado la privación.

La sabiduría nos ha dado el cinismo, nuestro ingenio nos ha hecho duros y faltos de bondad. Pensamos demasiado, sentimos muy poco. No necesitamos tanta maquinaria sino más humanitarismo. Y más que ingenio necesitamos bondad y dulzura. Sin estas cualidades, la vida es violenta y todo está perdido.

La aviación y la radio nos han acercado unos a otros, y la verdadera naturaleza de estos inventos clama por la bondad del hombre, grita por la hermandad universal, por la unidad de todos. Ahora mismo, mi voz llega a millones de personas del mundo entero, a millones de hombres desesperados, de mujeres y niños, víctimas del sistema que provoca que los hombres torturen y encarcelen a gente inocente.

A los que puedan oírme les digo: no desesperen. La angustia que nos atenaza es sólo el paso a la codicia, a la amargura de hombres que temen el camino del progreso humano. El odio de los hombres pasará y los dictadores caerán, y el poder arrebatado por ellos al pueblo volverá al pueblo. Mientras haya hombres que mueran por ella, la libertad no perecerá.

Soldados, no se entreguen a los brutos, a los hombres que los desprecian y esclavizan, que rigen vuestras vidas, que les dicen lo que deben pensar, hacer y sentir, que les dejan morir de hambre, que les tratan como ganado, que les utilizan como carne de cañón. No se entreguen a estos hombres artificiales, hombres-máquina con mentes mecanizadas y corazones mecanizados. Ustedes no son máquinas, no son ganado, sino que son hombres. Tienen el amor de la humanidad en vuestros corazones y no odian. Sólo los no amados odian, los no amados y los no naturales.

Soldados, no luchen por la esclavitud, luchen por la libertad. El capítulo diecisiete del Evangelio de San Lucas dice: "El reino de Dios está en el hombre". No en un hombre, no en un grupo de hombres, sino en todos los hombres.

Ustedes, que son el pueblo, ostentan el poder de crear maquinaria, de crear felicidad. Ustedes, el pueblo, pueden hacer que la vida sea libre y hermosa, pueden convertir esta vida en una magnífica aventura. Pues bien, en nombre de la democracia utilicemos este poder.

Unámonos. Luchemos por un mundo nuevo, un mundo honesto y mejor que dé a los hombres la oportunidad de trabajar, que dé a los jóvenes un futuro y a los ancianos una seguridad. Prometiendo todo esto llegaron los brutos al poder. Pero mintieron. No cumplieron nada. Jamás lo cumplirán. Los dictadores se liberan a sí mismos, pero esclavizan al pueblo.

Bien, luchemos para cumplir esa promesa. Luchemos para liberar al mundo y acabemos con las barreras nacionales, acabemos con la codicia, con el odio y con la intolerancia. Luchemos por el mundo de la razón, de la justicia, un mundo donde la ciencia y el progreso nos lleven a la felicidad general. Soldados, en nombre de la democracia, unámonos.

Hannah ¿puedes oírme? Estés donde estés... ¡mira a lo alto! ¡Mira a lo alto, Hannah! ¡Las nubes desaparecen! ¡Aparece el sol! ¡Salimos de la oscuridad hacia la luz! Estamos forjando un mundo nuevo, un mundo más dulce, un mundo en el que los hombres abandonarán su odio, su codicia y su brutalidad. ¡Mira a lo alto, Hannah! El alma del hombre ha conquistado alas y ya comienza a volar... Vuela hacia el arco iris, hacia la luz de la esperanza... ¡Mira a lo alto, Hannah!
¡Mira a lo alto!»

Charles Chaplin
1940

jueves, 10 de abril de 2014

44 años de la separación de los Beatles: La balada de John & Yoko


John era un Beatle a pesar de sí mismo, con una convicción poderosísima de lo que ser un Beatle significaba, a la que creyó traicionar a través de lo que la Beatlemanía generó. Tal vez no se dio cuenta de que él mismo, junto con sus tres compinches, fue capaz de revertir todo ese contenido negativo de la celebridad, para transformar a The Beatles en uno de los más poderosos vehículos de cambio que el siglo XX haya presenciado. Pero él ya no pudo desprenderse del desencanto que toda esa locura le había causado, aún a pesar de seguir creando, aún a pesar de seguir marcando rumbos.

Velozmente pasó de ser un Beatle a ser un ferviente antibeatle. Sólo que nos permitimos dudar de que lo haya creído realmente. De alguna forma, muchas de sus declaraciones y las a veces tan terribles letras de sus canciones sobre The Beatles muestran tanta furia y tanto odio, pero al mismo tiempo tanto dolor, que tendemos a pensar que se asemejan mucho a la reacción de aquel que ha perdido un gran amor y que sabe que no lo podrá recuperar jamás.

Entre dos fuegos permanentemente, John amó tanto a los Beatles como los odió. Y se nos hace muy difícil establecer en que momento sucedió cada una de las cosas. Tal vez, es que sucedieron al mismo tiempo, de la misma forma en que amó y odió a su madre sin poder separar un sentimiento del otro. La característica de un soñador con un gran sueño, que lo ama por hermoso pero que -en algún punto- llega a odiarlo por irrealizable.

Ahora bien, ¿cuánto influyó Yoko Ono en este cambio de John que llevaría –irremediablemente– a la separación del cuarteto de Liverpool? ¿Es ella «la culpable» de que los Beatles hayan dejado de existir? ¿O la desbandada fue producto de una suma de factores dentro de los cuales Yoko era sólo uno más?

Woman

En una de las tantas entrevistas que concedió durante los 30 años que transcurrieron desde la fatídica noche del 8 de diciembre de 1980, Yoko comentó: «Cuando él murió sentí que no entendía nada. Y al principio hubo un momento en que perdí toda la confianza. No dejaba de preguntarme por qué. Pero luego empecé a entenderlo. Creo que la gente había comenzado a hablar de nosotros con mucho cinismo, no sólo de nosotros como pareja, sino también del mismo John. Yo era el blanco principal de todas las críticas, pero a él lo desprestigiaban por estar conmigo».

Yoko sabe que ha pasado a la historia (y que deberá vivir eternamente con ese estigma) como «la mujer que separó a los Beatles». Pero sabe que –de cierta forma– ella ayudó a devolverle al mundo a un Lennon no sólo renovado sino más centrado en su convicción de que con su arte podía construir una sociedad distinta. Tal vez por eso, agrega inmediatamente en esa misma entrevista: «Creo que durante una época la gente no escuchaba el mensaje de sus canciones; sin embargo, era muy importante que prestaran atención. Sentía con toda su alma que era fundamental que el mundo escuchara su mensaje y que sus obras tenían más fuerza cuanto menos atrapado se sentía en los límites de su propio cuerpo. Creíamos que componer canciones podía contribuir a mejorar el mundo. Pensábamos que nuestras canciones eran sinceras y que lo que surgiera de nosotros sería positivo porque la verdad tiene un poder en sí misma. John había venido a este mundo con esa misión. Tenerlo fue una suerte para todos nosotros».

Para Yoko está claro que, por más que se empeñaran en hablar de sí mismos como una «unidad», ella quedaba a la sombra de su famosísimo esposo.

La señora de Lennon siempre sostuvo que ambos aprendieron mucho uno del otro. «La vida es un proceso de aprendizaje y de tomar conciencia –dijo una vez–. En ese sentido puedo decir que hicimos juntos un viaje increíble, no sólo porque nos comprendíamos uno al otro sino porque descubrimos muchas cosas del mundo. Vengo de Oriente, él era occidental, yo soy mujer y él era hombre. El era muy afectuoso con las mujeres. Y yo, que era una mujer reivindicativa, comencé a sentir más simpatía hacia los hombres. Como ambos éramos artistas, vivíamos inspirándonos el uno al otro todos los días. Para bien y para mal. Yo lo veía bien, y creo que él también pensaba que era algo bueno. Quizá algunas personas odien esto. Mucha gente nos preguntaba: ¿No os dan ganas de destruiros al ser ambos artistas? Fuimos muy afortunados, porque nunca sentimos eso».

The end

Tapa del Daily Mirror. Abril 10 de 1970
Se podría decir que el fin de los Beatles fue en septiembre de 1969, cuando terminaron de grabar el álbum ‘Abbey Road’. Oficialmente, el calendario beatle se cierra el 10 de abril de 1970: ese día Paul McCartney anunció que dejaba la banda harto de un montón de cosas (entre ellas Yoko Ono) y que se largaba con una carrera solista. Pero, en realidad, la cosa venía de antes y si bien Paul apareció ante los ojos de todo el mundo como el primero que se iba hay otras versiones que pueden llevarnos a concluir que sólo aprovechó el mejor momento para dar el portazo.

Versión I: Lennon como el genio absoluto de una banda y el primero en comprender que cada uno debe seguir su camino para poder seguir creciendo, con Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr como los malos de la película que se niegan a aceptar a Yoko Ono. Versión II: Lennon metiendo de prepo en el seno del grupo a su nuevo amor, llevándola a las grabaciones y (¡gran herejía!) prestando oído a sus opiniones. Versión III: Lennon como ser sufriente que nunca se repone del abandono de su padre ni de las muertes de su madre y de su amigo Stuart Sutcliffe; Lennon como un generador de escándalos («Los Beatles son más grandes que Cristo») y profeta ácido responsable de hacer que rock y vanguardia sean una misma cosa; Lennon como amante del amor y publicista de su cama y de su japonesa. Versión IV: el hastío de George Harrison de ver como sus composiciones quedaban siempre relegadas para dar lugar a las de John o Paul. Versión V: Lennon como adicto compulsivo; heroína o Maharishi o Grito Primal o LSD o Yoko, es lo mismo, que genera el horror en sus tres compañeros. Versión VI: los malos manejos económicos de Apple, la productora que los Beatles crearon sin saber bien dónde se estaban metiendo y que perdía miles de dólares por día. Versión VII: Lennon como beatle crítico compositor de canciones sobre el horror de ser beatle (Help!, I’m a Loser), la resignación de ser beatle (I’m Only Sleeping, I’m So Tired, Across the Universe, She Said, She Said, Tomorrow Never Knows) y la angustiante felicidad de ya no ser beatle (todo el álbum ‘John Lennon Plastic Ono Band’). Versión VIII: las diferencias musicales entre Lennon & McCartney, dupla creativa donde se apoyó buena parte de la historia de The Beatles.

Dear Yoko

Para cuando apareció ‘Just Like (Starting Over)’ –último álbum de Lennon en colaboración con Yoko– hacía cinco años que John no editaba nada y la gente (que es mala y comenta) ya aseguraba que Yoko lo había hechizado para que el ex Beatle oficiara sólo de ama de casa, atendiera al pequeño hijo de ambos y se olvidase para siempre de su pasado artístico.

John concedió entonces una larga entrevista y allí volvió a hablar del inicio de su relación con Yoko. A la pregunta de cómo se inició su colaboración con Yoko, Lennon respondió: «Antes de conocerla estaba metida contra la guerra, protestaba, gritaba en un saco negro en Trafalgar Square. Y cuando nos conocimos hablamos de lo que queríamos hacer juntos. Y lo que queríamos era seguir con mi manera de ser y mi amor-amor-amor y con su manera de ser y su paz-paz-paz».

Recordó también que escuchaba cosas como «¿Qué es lo que están haciendo?» o «Esa bruja japonesa lo ha hechizado y lo está volviendo loco». Pero afirmaba que lo único que hizo su esposa fue «sacar de mi interior esa fantasía, ese vigor de mi alma que hasta entonces yo había tenido inhibido». John afirmó que «la necesitaba mucho, muchísimo. Quería estar con ella y realmente no podía sobrevivir sin ella. No podía seguir funcionando como ser humano. Cuando nos separamos (varios meses entre el ’73 y el ’74) me hice pedazos».

Y cierra aquella entrevista confiándole al periodista un deseo que, a dos meses de su asesinato, es casi una premonición: «Espero morir antes que Yoko porque si ella muriese yo no sabría como sobrevivir. No podría seguir adelante».

Come Together

Los años han ido poniendo las cosas en su lugar. Los Beatles siguen siendo los más grandes. Hay amplia evidencia de que McCartney fue el auténtico vanguardista sónico e impulsor de la banda durante los años en que Lennon se limitaba a ingerir ácido lisérgico como si se tratara de caramelos Sugus y, de tanto en tanto, componer odas magistrales sobre su viaje sin moverse tituladas ‘Day Tripper’, ‘I’m the Walrus’, ‘Strawberry Fields Forever’ hasta encontrarse con Yoko Ono, descubrir la heroína y provocar la crisis –luego de que los Beatles hubieran inventado todo lo que había para inventar– que determinó la última de las invenciones posibles, el postrero gesto artístico original y tantas veces imitado desde entonces: la separación de un grupo de rock como una de las bellas artes.

Difícil y sencillo imaginar qué hubiera sido de Lennon en los ’80, en los ’90 y en la primera década del siglo XXI. Cuesta poco pensar en una reunión –benéfica o millonaria, da igual– con sus ex compañeros, lejos ya de la mirada rasgada de su mujer. El paso de los años hubiera encontrado a Beatle John, seguro, trepándose a los escenarios de Oasis y Blur como artista invitado. Con los años, Lennon hubiera recuperado el filo y envejecido como un licor noble y amargo. Por lo menos, a uno le gusta pensar que así habría sido.

Con el advenimiento del año 2000 John Lennon fue elegido como el artista de rock más importante del siglo. Paul McCartney quedó segundo. Dicen que Paul no se sintió nada mal, pero ya no tenía enfrente al hombre con quien competía por el título de «Mr. Ególatra».

Y tal vez haya que buscar allí la verdadera razón de la separación de The Beatles. Tal vez haya que remontarse al 6 de julio de 1957. Ese día, un amigo en común presentó a John y a Paul. Se miraron de reojo, desconfiando uno del otro. Y la amistad que nació casi en forma inmediata no evitó que el ego enorme que anidaba en ambos se disparase. Primero fue una competencia sana y creativa. Con el tiempo se convirtió en una guerra por el espacio en los discos. Con la personalidad de ambos, con la historia que cada uno cargaba, era imposible que no hubiese sucedido así.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Dejarse caer en el lado oscuro


Editado hace 41 años (concretamente el 17 de marzo de 1973), el paso del tiempo no hace más que demostrar la vigencia de un álbum que ya se vendió cincuenta millones de veces y del que todavía hoy se compran casi mil copias diarias.

La luna ha sido y seguirá siendo un buen pretexto para muchas cosas. Puede tanto inspirar poemas de amor, albergar las fantásticas aventuras de Verne, subir y bajar mareas, determinar ciclos de fertilidad femenina o aceptar en el más completo silencio que le claven banderitas con barras y estrellas. Pero por encima de todo el astro permite que un grupo de rock inglés en suspensión animada siga vendiendo aproximadamente un cuarto de millón de copias cada doce meses de algo llamado «The dark side of the moon», un artículo de primera necesidad que debería formar parte de la canasta familiar.

«El lado oscuro de la luna» –a diferencia de lo que ocurre con otras producciones míticas y fundacionales– no ha envejecido en absoluto. Es el CD perfecto para el domingo por la mañana: música elaborada, música clásica que de tan digerida ni siquiera hay que pensar en que se la está escuchando.

Todo sigue estando en su sitio: los latidos de corazón relajado y los despertadores en celo, la frase/definición que nos informa que «ir aguantando en la más tranquila de las desesperaciones es the english way», el saxo de Dick Parry, la garganta profunda de Clare Torry en «The Great Gig in the Sky» (votada hace unos años como «la mejor canción para hacer el amor jamás compuesta”), el formidable principio de «Time», esa línea de bajo en «Money», la guitarra marca Gilmour en «Us and Them» y el gran final de «Eclipse».

La verdad sea dicha: al momento de elegir, mi corazón siempre estuvo más cerca de «Wish you were here» (1975) (de hecho, me puso al borde de la lágrima escucharlo en vivo en el primer show de Waters en River) y de «The Wall» (1979). Pero no hay duda de que nada puede imponerse al inexpugnable «The dark side…» en términos de impacto y de religiosidad popular. Considerado uno de los discos imprescindibles de la historia del pop (no deja de aparecer en todas y cada una de esas listas especializadas y de favoritos y de clásicos y de famosos y de ventas), es la piedra fundamental de casi todo lo que vino después, incluida la misma música de Pink Floyd.

Los Floyd en los estudios de Abbey Road, durante
las sesiones de grabación del álbum
Y eso que, lejos de las pretensiones demenciales de sus contemporáneos sinfónicos, los muchachos se limitaban a ir a trabajar para hacer dinero. La banda había disfrutado del prestigio under que –allá por 1967– los definía como la versión cerebral y más avant-garde de los Beatles y los celebraba por sus conciertos «con efectos especiales», perfectos para flotar ácidamente. Todos habían salido (al igual que John Lennon, Eric Clapton y Keith Richards) de las aulas de una escuela pública de arte inglesa, esos laboratorios sociales de posguerra y semilleros inesperados de buena parte del rock inglés de los sesenta. Pink Floyd ni siquiera tenía una mística de banda: ninguno fue muy amigo de los otros, ni siquiera en los buenos tiempos.

Los cuatro llegaron a los estudios de Abbey Road con pedazos de canciones. Waters se ofrece a hacerse cargo de todas las letras: así sería más fácil darle algún atisbo de unidad a semejante desorden. Nadie protestó. Waters anuncia que todo tendría que ver con la idea de «volverse loco”. Nadie protestó. La idea de unir las canciones con ruiditos también es de Waters, que ya había explorado esas cuestiones en «Atom Heart Mother». Todos aportan lo mejor de sí y se respira un aire de perfecta democracia creativa. Discuten un poco –un poquito– a la hora de la mezcla final, así que traen a Chris Thomas (responsable del mezclado del Album blanco de los Beatles) para que dirima la cuestión. El último ladrillo en la pared lo aporta la gráfica del estudio Hipgnosis. Desde entonces, esa portada misteriosa formará parte no sólo de la iconografía del rock sino, también, de la del Siglo XX.

«El lado oscuro de la luna» alcanzó el puesto número 2 en las listas de ventas de Inglaterra y –durante una semana– el número 1 en Estados Unidos. Después empezó a descender y a descender, pero –sorpresa– nunca terminó de salir: se quedó dando vueltas por ahí trescientas semanas consecutivas. Y cuando se le da la gana –como, seguro, ocurrirá en estos días– vuelve para ver cómo anda todo.

De algún modo, «El lado oscuro de la luna» fue el principio del fin: marcó el principio de la dictadura creativa de Roger Waters y condenó a la banda al infierno de someterse al Gran Tema Inevitable y Obligatorio que los convirtió en megamillonarios: «Wish You Were Here» (alienación y locura invocando la figura de Syd Barret, quien, sorpresa, una noche salió de los sótanos de la casa de su madre en Cambridge y se dio una vuelta por el estudio dispuesto a «grabar mi parte» ante el horror de sus antiguos camaradas); «Animals» (alienación y locura con cerdo inflable y fondo orwelliano de Rebelión en la granja); «The Wall» (alienación y locura en el infierno del music-business) y «The Final Cut» (alienación y locura durante la Guerra de Malvinas mientras se recuerda la muerte del padre en la Segunda Guerra Mundial).

Pink Floyd es una marca que vende por sí sola y ahora ni siquiera necesita existir para seguir cosechando. Como bien dijo alguien: en un mundo acostumbrado a que los artistas digan sí a todo, Pink Floyd se las ha arreglado para eternizarse diciendo una y otra vez que no. Por estos días, Waters y Gilmour andan grabando sus nuevos trabajos, que editarán en este 2014. Y todavía, cuando les preguntan si algún día van a volver con la banda ambos responden que ya lo hicieron (en el Live Aid 8, el último megaconcierto de caridad) y cambian de tema.

Mientras tanto, alguien sale a la calle para comprarse por última o primera vez «El lado oscuro de la luna». Ese lado oscuro al que vale la pena dejarse arrastrar.

domingo, 9 de febrero de 2014

El nacimiento del Vagabundo


Un 9 de febrero de 1914 se estrenaba "Mabel's Strange Predicament", con la dirección de Henry Lehrman y Mack Sennett y la actuación de Charles Chaplin y Mabel Normand, película para la cual Chaplin creó el personaje del Vagabundo (The Tramp), tal vez el personaje más famoso de la historia de las comedias cinematográficas y el más recordado y entrañable de toda la historia del cine. Cuando fue creado, nadie, ni el mismo Chaplin, pudo imaginar que alcanzaría fama y perdurabilidad. Lo que sigue, es el texto que el gran comediante inglés escribió en su autobiografía de 1964.

El día que terminé de filmar una película con Henry Lehrman, Sennett apareció en el estudio. En uno de los set estaba Ford Sterling y en otro Arbuckle; todo el estudio estaba ocupado por tres compañías que estaban trabajando simultáneamente. Yo estaba vestido con mi ropa de calle y sin nada que hacer, por lo tanto me quedé donde Sennett pudiera verme. El estaba con Mabel Normand examinando una escenografía que representaba el vestíbulo de un hotel y mordiendo la punta de su cigarro, dijo: "Aquí hacen falta algunos ‘gags’", y luego se dirigió a mí: "Ponte algún maquillaje cómico. Cualquier cosa puede servir".

Yo no tenía idea de que manera podía maquillarme. No me gustaba mi caracterización de periodista. Sin embargo, cuando iba camino al vestuario pensé en ponerme unos pantalones abolsados, zapatos grandes, un bastón y un sombrero hongo. Quería que todo fuera contradictorio: los pantalones serían abolsados, el saco ajustado, el sombrero pequeño y los zapatos enormes. No había decidido aún sobre la apariencia de mi rostro, pero entonces recordé que Sennett quería que se me viera más grande, por lo tanto me coloqué un pequeño bigote pensando que me agregaría edad sin ocultar mi expresión.

No tenía idea de como sería el personaje. Luego ni bien me vi vestido y maquillado, tuve la idea cabal de cuál sería el tipo de personaje que había imaginado. Comencé a conocerlo bien y ya cuando volví al estudio tuve la certeza de que él había nacido por completo. Cuando llegué ante Sennett asumí el personaje y me puse a caminar frente a él balanceando mi bastón. Sennett era muy buen público y se reía con ganas cuando algo le resultaba gracioso. Comenzó a reírse con risitas ahogadas hasta que todo su cuerpo se sacudió de risa. Eso me alentó y comencé a explicarle mi personaje: "Este sujeto tiene muchas facetas, es un vagabundo, un caballero, un poeta, un soñador y un solitario, siempre deseoso de romance y de aventuras. Es capaz de hacerle creer a uno que es un científico, un músico, un duque o un jugador de polo. Sin embargo, no le importa recoger puchos de cigarrillos o robarle un caramelo a un niño. Y por supuesto, si la ocasión lo requiriera, sería capaz de darle un puntapié en el trasero a una señora... ¡pero sólo si estuviera sumamente enojado!"

Y seguí hablando así durante más de diez minutos, logrando que Sennett continuara con sus risitas. "Muy bien", me dijo, "ve al decorado y trata de ver que puedes hacer allí". Al igual que en las películas de Lehrman yo sabía muy poco del argumento del film, salvo que Mabel Normand tenía problemas con su marido y su amante. En todo lo que sea comedia es muy importante tomar una actitud definida, pero no siempre es fácil encontrarla. Sin embargo, al ingresar en el vestíbulo del hotel sentí que yo era un impostor que se hacía pasar por uno de los que vivían allí, pero que en realidad era un vagabundo buscando refugio. Entré y tropecé con el pie de una dama. Me volví y me quité el sombrero excusándome, luego seguí y tropecé con una estatua, entonces me volví y me quité el sombrero excusándome ante la estatua. Detrás de la cámara empezaron a reírse.

De pronto se había reunido bastante gente allí, no sólo los actores de los otros elencos que habían dejado sus set para venir a vernos, sino también los utileros, los carpinteros y los integrantes del departamento de vestuario. En verdad, eso era todo un halago.

Cuando terminamos el ensayo teníamos una gran cantidad de público riéndose. De pronto lo vi a Ford Sterling que estaba espiando por detrás de otras personas. Cuando terminamos, supe que lo había hecho bien. Al final de la jornada, cuando fui al camarín, encontré a Ford Sterling y a Roscoe Arbuckle que estaban quitándose sus maquillajes. Se habló muy poco, pero el ambiente estaba cargado. Tanto Ford como Roscoe me tenían simpatía, pero francamente yo presentí que estaban sufriendo un conflicto interno.

La escena había tenido una extensión de setenta y cinco pies. Más tarde, el señor Sennett y el señor Lehrman discutieron si convenía dejarla así o cortarla, ya que las escenas comunes de comedia muy pocas veces tenían una extensión superior a los diez pies. Yo les dije: "Si es cómica, ¿qué importa cuanto dure?". Y ellos decidieron mantener su extensión de setenta y cinco pies. Ya que la ropa me había hecho encontrar mi personaje, decidí allí mismo que la seguiría usando, pasara lo que pasara.

Esa noche volví a mi casa en ómnibus con uno de los actores secundarios. El me dijo: "Bueno, muchacho, has comenzado algo importante; nunca antes alguien había conseguido que se rieran así en el estudio, ni siquiera Ford Sterling... ¡y debías haberle visto la cara, era impresionante!"

"Esperemos que también los espectadores se rían así” -le contesté, tratando de disimular mi satisfacción."