domingo, 19 de mayo de 2013

Mary Shelley: La madre del Engendro


Una velada brumosa y desapacible en Ginebra. Cinco personas y una apuesta literaria: ¿quién puede idear el cuento más estremecedor? La historia que lleva casi dos siglos aterrorizando a niños, jóvenes y adultos por igual fue fruto de la imaginación de una adolescente de sólo 18 años, la joven Mary Shelley, quien sorprendió a propios y extraños con "Frankenstein", una de las obras cumbres de la literatura fantástica, y cuya vida acabó siendo tan trágica como su novela.

Publicado en forma anónima en 1818 por la editorial londinense Lackington and Company, Frankenstein... o el moderno Prometeo fue un libro que provocó opiniones divergentes, pasando de ser "el hongo más repugnante que ha surgido del pestilente estercolero de la época actual" a una obra "que provoca nuevas reflexiones y pone al descubierto fuentes de emoción aún no exploradas", tal como la definió entonces sir Walter Scott.

El libro estaba dedicado a William Godwin, novelista y famoso filósofo de izquierda, motivo por el cual todo el mundo dio por sentado que Frankenstein había sido escrito por su todavía más famoso hijo político, Percy Bysse Shelley, cuyas obras solían ir en contra de la moral convencional y las jerarquías religiosas. Lo que el público no sabía, y lo que no sabría hasta que el libro apareciese en una segunda edición varios años después, era que la novela no había sido escrita por Shelley sino por su joven prometida, Mary.

Mary Wollstonecraft Shelley nació el 30 de agosto de 1797 y su madre (Mary Godwin, pionera del feminismo) murió como resultado de haberla traído al mundo. Las relaciones con su padre, William Godwin, quedaron seriamente afectadas por esa tragedia y si bien el padre de Mary animó las empresas intelectuales de su hija siendo ésta una niña, siempre permaneció emocionalmente alejado de ella. Cuando el poeta Percy Shelley hizo su entrada en la mansión de los Godwin, primero en calidad de admirador del padre de Mary y luego como benefactor de la joven, ésta no demoró demasiado en enamorarse de él.

En realidad, Percy, que ya estaba casado, se limitó a obtener una dócil concubina comprándosela a un padre que se encontraba desesperado por los problemas económicos. Percy ya había decidido que el abismo intelectual existente entre él y Harriet Westbrook, su esposa, era totalmente imposible de salvar. El poeta llegó a describir su matrimonio como "un cuerpo muerto y un cuerpo vivo... unidos en una aborrecible y espantosa comunión". Finalmente, lady Westbrook se quitó la vida ahogándose.

En 1814 Mary, de sólo dieciséis años, huyó de Inglaterra con Percy y pronto quedó embarazada. Su hija nació prematuramente y murió pocas semanas después, en febrero de 1815. Y tal vez en este lamentable suceso haya que buscar la génesis de Frankenstein. Una fantasía de revivir a la niña se apoderó de la mente de Mary, tal como ella misma dejó anotado en su diario: "Sueño que mi bebé ha vuelto a la vida; que sólo estaba fría, y que le dimos masajes delante del fuego, y que vivió. Despierto y no encuentro ningún bebé".

A pesar de la defensa filosófica que esgrimía para con el amor libre y de que la misma Mary hubiera sido concebida fuera del lazo matrimonial, William Godwin descubrió que la experimentación sexual y reproductora le resultaba bastante menos aceptable cuando se llevaba a cabo dentro del seno de su propia familia. Cuando Mary concibió otro hijo ilegítimo, ella y Percy decidieron volver al continente y alejarse de la condena del padre de la joven. En este nuevo viaje fueron acompañados por Claire Clairmont, la medio hermana de Mary, una belleza de cabellos oscuros y emociones bastante volátiles que ya había sido amante de lord Byron en Londres y que ahora, con un hijo de él en sus entrañas, anhelaba reavivar la llama de la pasión en Suiza, donde el muchacho de veintiocho años  moraba en un exilio autoimpuesto.

Compitiendo con fantasmas

Percy Shelley
El grupo llegó a Ginebra durante uno de los veranos más insoportablemente cálidos de toda la historia del país. Byron se llevó muy bien con Percy ni bien le conoció, pero no ocurrió lo mismo con Mary, que sentía miedo ante la presencia del amante de su hermana. Los Shelley y Claire alquilaron la villa "Chapuis" en la aldea de Cologny, justo donde terminaba la ciudad de Ginebra. Byron alquiló la cercana villa "Diodati", con su impresionante panorama del lago Leman y de las montañas... por no hablar de las espectaculares tormentas que se sucedieron una y otra vez a lo largo de aquel verano. El grupo se completó con el médico, compañero y amante de Byron, el doctor John Polidori, un hombre de temperamento inestable y neurótico que tenía un contrato con un editor de Londres para redactar un diario de la estancia en Suiza.

A mediados de junio de 1816, las charlas vespertinas del grupo habían empezado a girar alrededor de las especulaciones fantásticas. Los rayos que surcaban el cielo casi a cada momento hicieron que se hablara de la electricidad como base de la vida, un tema que apasionaba especialmente a Percy. El poeta admiraba a Benjamín Franklin y consideraba que los trabajos llevados a cabo por él con vistas a controlar y dominar la electricidad eran "claramente prometeicos".

"Quizá se podría reanimar un cadáver", recordó algún tiempo después Mary describiendo los pensamientos que acudieron a su mente mientras escuchaba la discusión de Percy y Byron, y observó que "la ciencia había ofrecido pruebas de aquellas cosas: quizá sería posible manufacturar las partes componentes de una criatura, unirlas y dotarlas del calor vital".

Las conversaciones sobre la ciencia más imaginativa derivaron sin mucha dificultad hacia la fantasía pura y simple, y los miembros del grupo empezaron a turnarse para leer en voz alta la Fantasmagoriana, una recopilación alemana de historias de fantasmas traducida al francés en la que ocupaban un lugar prominente los temas de la muerte temprana y el castigo de la Providencia. Por aquella época el movimiento gótico estaba en plena floración y su carácter romántico y enfrentado a la tiranía de la razón constituía una atracción natural para los cinco iconoclastas de la villa Diodati. Las extrañas visiones de la Fantasmagoriana inflamaron de tal modo a Byron que acabó proponiendo una competición literaria. "Cada uno escribirá una historia de fantasmas", dijo. Mary se sintió bastante intimidada por el desafío, al igual que Polidori, cuyos esfuerzos literarios ya habían sido cruelmente ridiculizados por Byron.

Pero las dos estrellas literarias del grupo no estaban muy inspiradas para la competición. Byron empezó a escribir la historia de un agonizante que hace un pacto con un amigo prometiéndole que volverá de la tumba, pero no tardó en perder interés por el relato. Percy, por su parte, también produjo un fragmento sobre una abuela y un fantasma formado por cenizas, pero tampoco demoró en abandonar la tarea para dedicarse a empresas más memorables. Mary recordó en su diario que "Polidori tuvo una idea terrible sobre una dama con cabeza de calavera que había sufrido ese castigo por haber espiado a través del ojo de una cerradura, aunque ya he olvidado lo que quería ver. Algo  muy espantoso y que no debía ser visto, naturalmente..."

Posteriormente, Polidori sorprendió a todo el mundo cuando su reelaboración del fragmento escrito por Bayron fue publicado con el título de El Vampiro en 1819. Tomada al principio por una obra de Byron -incluso por el mismísimo Goethe-, El Vampiro inspiró una auténtica industria de adaptaciones dramáticas y operísticas, y generó el prototipo del vampiro romántico que siguieron escritores, dramaturgos y directores de cine hasta la época actual.

La concepción de la criatura

Edición de "Frankenstein", 1931
Mary no sospechaba que escribiría una historia capaz de oscurecer los intentos de los demás y que acabaría acumulando un público mucho más grande que los de Percy y Byron juntos. Según relata en su diario, la joven no sabía qué escribir y los esfuerzos que hizo para obligar a su mente a que produjese una idea acabaron por agotarla. Una noche, ya en la cama, tuvo una visión: "Cuando puse la cabeza sobre la almohada no dormí, y tampoco se podría decir que pensara. Mi imaginación empezó a actuar por su cuenta y se adueñó de mí y me guió, proporcionándome las sucesivas imágenes que surgieron en mi mente de una manera mucho más vívida que cualquiera de las que pueden hallarse dentro de los límites normales de la ensoñación. Vi -con los ojos cerrados, mas con una visión mental de aguda claridad- al pálido estudiante de artes blasfemas arrodillado junto a la creación que había formado. Vi el horrendo fantasma de un hombre acostado, y después vi cómo el funcionamiento de alguna poderosa maquinaria hacía que mostrase señales de vida y se agitara con un inquieto movimiento semivital".

A la mañana siguiente, Mary informó a los demás que por fin empezaría a escribir su historia y comenzó a poner por escrito sus impresiones de la escena de la creación, a pesar de que aún no tenía ni idea de qué iba a contar exactamente.

"Una desapacible noche de noviembre contemplé el fruto de mis esfuerzos. Dispuse a mi alrededor los instrumentos de la vida con una ansiedad tan intensa que rozaba la agonía, para así poder infundir una chispa de esencia en la cosa sin vida que yacía a mis pies. Ya era la una de la madrugada. La lluvia caía sobre los cristales con un repiqueteo lúgubre y melancólico, y mi vela ya casi se había consumido por completo cuando al débil destello de la luz medio extinguida vi abrirse el opaco ojo amarillo de la criatura. Respiró con un ruidoso estertor, y un movimiento convulsivo agitó sus miembros."

Esos primeros pasajes, que aparecen en el capítulo 4 de la edición de 1818 y en el capítulo 5 de la versión revisada, están impregnados de imágenes oníricas que transmiten de manera efectiva el poder de la alucinación en estado de vigilia que se supone inspiró Frankenstein. La paradójica apariencia del monstruo es un buen ejemplo de las inversiones que resultan tan características de la lógica del sueño:

"¿Cómo explicar las emociones que sentí ante esta catástrofe, y cómo describir a la patética criatura que me había esforzado por formar con tantos trabajos y cuidados? Sus miembros estaban bellamente proporcionados, y yo había escogido sus rasgos para que fuesen hermosos. Hermosos... ¡Santo Dios! Su piel amarillenta apenas cubría el trazado de los músculos y las arterias que había debajo. Su cabellera era abundante y de un negro lustroso, y sus dientes eran blancos como las perlas. Pero todas aquellas hermosuras sólo conseguían producir un contraste aún más horrible con sus ojos acuosos, que parecían casi del mismo color que las cuencas de un blanco amarronado en las que estaban alojados, y con su complexión marchita y la tensa negrura de sus labios."

El creador del monstruo busca evadirse en el sueño real, pero sin resultado. Sueña un encuentro con su prometida, "en la flor de la salud":

"La abracé, deleitado y sorprendido, pero sus labios se pusieron lívidos con la palidez de la muerte apenas deposité el primer beso en ellos. Sus rasgos empezaron a cambiar, y me pareció que estaba sosteniendo en mis brazos el cadáver de mi madre muerta. Un sudario envolvía su cuerpo, y vi cómo los gusanos de la tumba se arrastraban por los pliegues de la tela."

Mary partió de este pasaje impresionante, que obtiene su energía de un sinfín de imágenes paradójicas (paternidad y creación superpuestas a visiones de muerte; belleza yuxtapuesta a la deformidad; la ciencia que es igualada a lo oscuro y lo terrible en vez de a la luz) y comenzó a urdir la trama de su historia y a escribirla.

La tragedia de la vida

Elsa Lanchester -entre Gavin Gordon (Lord Byron) y
Douglas Walton (Percy Shelley)- encarnando a Mary
en "La novia de Frankenstein", 1935
Como se menciona al comienzo, la reacción inicial a Frankenstein fue muy variada y, por lo general, se dividía siguiendo criterios políticos. Los diarios y revistas conservadores la condenaron, sospechando que Percy Shelley había tenido algo que ver con su escritura. "The Quarterly Review" la describió como "un amasijo de absurdos horrendos y repugnantes". Pero incluso los críticos más severos de la novela tuvieron que admitir que fuera quien fuese la persona que había escrito Frankenstein poseía un gran talento narrativo.

La publicación de la novela en una edición de un solo volumen (originariamente había sido editada en tres) en el año 1823 reveló al mundo que había sido escrita por Mary. En su número de marzo de aquel mismo año el "Blackwood’s Edinburgh Magazine" le dedicó un elogio un tanto envenenado: "Para un hombre era excelente, pero para una mujer era maravillosa".

Sin embargo, a esta altura, la vida de Mary se había oscurecido considerablemente. Su segunda hija, Clara Everina, murió de fiebre a la edad de diecinueve meses mientras su madre estaba escribiendo Frankenstein, y poco después la malaria se llevó a su hijo William. En noviembre de aquel año nació Percy Florence, el único descendiente de Shelley que sobrevivió a la infancia. Un quinto embarazo terminó en un aborto casi fatal en junio de 1822, y Percy se ahogó tres semanas después.

A mediados de la década de los años veinte, de hecho, todo el grupo de la Villa Diodati había sido diezmado por la tragedia. John Polidori, que abandonó el ejercicio de la medicina para llevar una vida de reclusión, murió en 1821 cuando ingirió una dosis considerable de ácido prúsico y nunca quedó claro si estaba experimentando o quiso suicidarse. La hija de Byron y Claire Clairmont sucumbió al tifus ese mismo año. Byron murió en 1824 debido a una enfermedad contraída mientras luchaba en la guerra de la independencia que habían emprendido los griegos para librarse del dominio turco. De todo el grupo, sólo Claire llegó a una edad avanzada.

Después de la muerte de Percy, Mary se vio sumida en la miseria y se mantuvo con cualquier trabajo literario que pudiera encontrar: artículos, críticas y narrativa, incluyendo las novelas Valperga (1823) y The Last Man (1826), una fantasía apocalíptica sobre una plaga que dejó muy claro hasta qué punto se había alejado de los preceptos utópicos que habían regido su educación. Durante las décadas de los años veinte y los treinta concentró una gran parte de sus energías en mantener viva la llama de la reputación de Percy, y llevó a cabo un considerable trabajo de compilación y anotación de sus obras para publicarlas. Murió en febrero de 1851 a los cincuenta y cuatro años de edad, después de haber sufrido una serie de ataques que la fueron debilitando progresivamente.

Mary Shelley fue enterrada en Bournemouth junto al corazón de Percy: el órgano no se había consumido durante la cremación del cadáver y Mary había conservado cuidadosamente la reliquia envuelta en un paño de lino durante más de un cuarto de siglo. Nunca soñó hasta qué punto su "horrible progenie", como llamaba a su libro más famoso, demostraría poseer la misma y extrañísima resistencia al paso del tiempo.

Aquella increíble jornada


"The Bride of Frankenstein" (La Novia de Frankenstein), el clásico film de la Universal que James Whale dirigió en 1935, comenzaba con una escena introductoria que mostraba la famosa velada entre los Shelley, Byron y compañía. Encarnada por la actriz Elsa Lanchester, y sobre imágenes de la primera parte, Mary Shelley explicaba como el incendio del molino no había sido el final de la historia.

Con los años, la jornadas vividas en Ginebra por aquel grupo dieron pie a varios proyectos cinematográficos que, con mayor o menor fortuna, se dedicaron a recrear los acontecimientos ocurridos en la Villa Diodati. El primero de ellos fue "Gothic" (1986), dirigido por Ken Russell e interpretado por Natasha Richardson (Mary Shelley), Timothy Spall (Polidori) y Gabriel Byrne (lord Byron). El resultado fue un film truculento y febril, una semibiografía llena de alucinaciones y delirios. Russell se dedica principalmente a situar a los personajes en un contexto fantasmagórico y alucinatorio, con mucho énfasis en lo visual. Así, la narración casi se limita a una suma de secuencias dantescas, que ilustrarán los miedos y las pesadillas de los escritores protagonistas.

El origen literario de Frankenstein volvió a ser llevado a la pantalla en 1987 por el español Gonzalo Suárez con el film "Remando al viento". Cargada de sutilezas y con un reparto encabezado por Lizzy McInnerny encarnando a Mary Shelley y con Hugh Grant (Lord Byron), Valentine Pelka (Percy Shelley) y Elizabeth Hurley (Claire Clairmont), esta coproducción noruego-española tiene un enfoque realmente imaginativo: la perspectiva de una creación literaria que cobra vida hasta el punto de influir decisivamente en los destinos de quienes han asistido o colaborado en su nacimiento.

En 1988, el director Ivan Passer filmaría "Haunted Summer" (Verano Atormentado), película interpretada por Alice Krige (Mary), Laura Dern (Claire) y Eric Stoltz (Percy). Passer vuelve a retratar las intensas y neuróticas relaciones que existieron en el seno del grupo reunido en Suiza y cómo una noche, las drogas y el desenfreno llevaron a los protagonistas al filo de la locura, difumando los límites entre la realidad y la ficción.

En "Frankenstein Unbound" (1990), el director Roger Corman hará que el científico que interpreta John Hurt viaje en el tiempo desde el año 2031 para aterrizar en Ginebra en 1817. Allí, Hurt se codeará con lord Byron (Jason Patric) y Percy Shelley (el fallecido cantante del grupo INXS, Michael Hutchence), se dará un revolcón en la cama de Mary Shelley (Bridget Fonda) y se encontrará con un doctor Frankenstein de la vida real (Raúl Julia) y con su monstruo homicida.

martes, 16 de abril de 2013

CHAPLIN: El genio, el mito


El saco era demasiado chico, los pantalones demasiado grandes, el bigote obviamente falso y todo este conjunto daba como resultado una silueta instantáneamente inconfundible donde quiera que se presentaran sus películas. Su más grande creación, ‘el vagabundo’, transitó todos los caminos de la vida convirtiéndose en un personaje verdaderamente popular. Cuando se presentaba una película suya, no se necesitaba colocar su nombre en la marquesina de los cines: era suficiente con exhibir una fotografía del vagabundo para llenar las salas del mundo entero. De todos los astros y estrellas de la cinematografía mundial es, sin duda, el más apreciado, además de ser uno de los pocos auténticos genios del cine. Se llamó Charles Spencer Chaplin. Esta es su historia.

Carlitos. O Charlot. O Chaplin. O simplemente "el vagabundo". El de "Vida de perro", el de "La Quimera del Oro", el vigilante, el bombero, el boxeador. Carlitos era el cine. Zapatones con puntas que miraban al cielo, galera y bastón: una figura eterna, única. Se unió al séptimo arte cuando ambos sólo eran unos aprendices y conocieron el triunfo mundial de la mano. Hoy, a casi veinte años de su muerte y a más de ochenta años de su primera aparición en la pantalla, sigue representando como pocos al artista y al hombre de nuestro convulsionado siglo XX.

Carlitos es el cine. Su importancia en esta industria es capital, su talento y sus posibilidades fueron desarrollándose parejas a las de su instrumento de trabajo y demostró que la libertad creadora, sobre todo la del director, hay que ganársela muchas veces a los golpes. Lógico esto sobre todo en un lugar como Hollywood donde -cosa curiosa- los grandes siempre han tenido problemas. Chaplin los tuvo y muchos. A Chaplin no puede encasillárselo en la categoría de “monstruo sagrado de Hollywood”. Hubo un momento en que Hollywood y  toda la puritana sociedad de los Estados Unidos lo repudiaron. Entonces tuvo que ir a filmar en el extranjero. Chaplin, desde luego, excede esa dimensión. "Pertenezco a una profesión honorable: la de clown", dijo en una ocasión. Y resulta que es un clown genial y algo más: un artista clásico del siglo XX que rebalsó las proporciones de la pantalla.

Carlitos Chaplin nació el 16 de abril de 1889 en el número tres de Pownal Terrace en Walworth, Londres. Es el segundo hijo de un matrimonio de comediantes. El apellido original de la familia era Kaplan, pero al convertirse del judaísmo al anglicanismo, el apellido derivó en Chaplin. Apenas un año después de nacer Charles, sus padres se separan. La madre, Hannah Hill, se muda junto a sus dos hijos a una buhardilla de Kennsington Road, uno de los barrios más pobres de Londres. La madre de Carlitos era una mujer sin excesivo talento para las tablas y se las vio negras para mantener a sus hijos. Hay una anécdota famosa que dice que Chaplin debutó como actor a los cinco años sustituyendo a su madre en escena mientras el público la silbaba estruendosamente por su actuación. Era lógico que la pobreza y el hambre se instalaran en el cuarto donde vivían. Para colmo, el niño pasó largos períodos en el orfelinato cuando su madre perdió la razón y sus períodos de lucidez eran cada vez menos frecuentes.

A los nueve años se incorporó a un grupo teatral, el "Eight Lancashire Lads", y dos años después es contratado por la compañía Frohman con la que realiza siete giras por el interior de Inglaterra. En 1907, con 18 años de edad, Chaplin ingresa a la compañía de mimos de Fred Karno debutando en la obra "El partido de fútbol". A su lado debuta también un joven de mirada triste llamado Stanley Jefferson que años después cambiaría su nombre por el de Stan Laurel, el recordado "flaco" de "El gordo y el flaco". Chaplin no tardó en convertirse en la estrella de la compañía de Karno y este lo envió de gira a los Estados Unidos dos veces: en la gira de 1910 a 1911 y en la de 1912 a 1913.

Chaplin llegó al cine después de haber pasado una niñez muy pobre en Londres, y el “vaudeville” en primer término, fue su vía de escape de los barrios bajos. Mientras estaba de gira por los Estados Unidos con la Karno Comedy Company, fue descubierto por Mack Sennett y, eventualmente, contratado por la compañía Keystone, con un salario de ciento cincuenta dólares por semana. Chaplin hizo treinta y cinco films para Sennett en 1914, muchos de los cuales fueron dirigidos por él mismo bajo el permiso de Sennett. En los comienzos de ese año creó el traje del vagabundo que habría de ser internacionalmente famoso. Improvisando con la ropa del departamento de vestuario de la Keystone y con las pertenencias de otros intérpretes, él combinó unos pantalones abolsados, un jaqué ajustado, un sombrero hongo, zapatos muy grandes, un bastón -tal vez un toque de vanidad humana- y un bigotito.

Sin embargo, su personaje del vagabundo (o "el hombrecito", como también se lo conoció) no surgió totalmente en la Keystone: el ritmo que allí se seguía para hacer los films era demasiado frenético para permitir que la fantasía de Chaplin floreciera por completo. Pero sus comedias para la compañía de Sennett hicieron de él un astro, y cuando, a fines de 1914, dejó a Sennett, fue para aceptar una oferta mucho más generosa de la Essany. En los cuatro años siguientes, Chaplin hizo treinta comedias en las que su calidad de artista único pudo por fin revelarse. Afortunadamente, también su popularidad creció y, hacia 1917, pudo pedir un millón de dólares para hacer ocho películas en un período de dieciocho meses.

James Agge ha escrito sobre Chaplin: "De todos los comediantes, él fue el que más profunda y sagazmente trabajó dentro de una realización, mostrando qué es en realidad un ser humano y contra qué cosas debe luchar. El vagabundo de Chaplin es un representante tan importante de la humanidad como lo es Hamlet, con todas sus facetas y todo su misterio, y nos parece poco probable que un bailarín o actor pueda superarlo en elocuencia, variedad y agudeza de acción". El hombrecito de Chaplin tenía una elasticidad y un optimismo que ni la crueldad ni el ridículo podían extinguir; era su espíritu indómito lo que hacía que el público lo amara.

La edad dorada

En la época actual resulta tal vez difícil comprender el atractivo singular que tenían muchas estrellas del cine mudo, cuyos estilos de actuación son ridículos para los actuales espectadores. Sin embargo, las comedias del cine mudo son un asunto muy distinto. Las películas de los comediantes más grandes de Hollywood, como Chaplin, Buster Keaton, Harold Lloyd y Harry Langdon, son un deleite que perdura aún hoy y tal vez sean el logro más imperecedero de los films del cine mudo estadounidense. Chaplin, después de inclinarse hacia la dirección de películas en los primeros años de la década del veinte, hizo cada vez menos películas y a veces demoró años para realizar un solo film. Sin embargo, casi sin excepción, valió la pena esperar esas verdaderas obras maestras del género cómico.

Tanto "El Pibe" -donde el vagabundo adopta a un chico abandonado (Jackie Coogan) y después se pelea con las autoridades que se lo quieren quitar- como "El Circo" -donde se muestra la secuencia de la cuerda floja en pantalla dividida-, eran verdaderamente estupendas, pero "La quimera del oro" era francamente soberbia. Esta película trata las aventuras de Carlitos en los campos mineros de Klondike. Entre esas aventuras recordemos su búsqueda del oro, sus intentos por ganarse el afecto de una bailarina de una taberna local y sus esfuerzos por no ser devorado ni por los osos ni por los exploradores, que siempre eran más grandes y tenían más hambre que él. Pero la secuencia más notable es aquella en la cual Carlitos come uno de sus viejos zapatos con gracia exquisita y aparente placer. El arte de Chaplin convierte el zapato en un verdadero festín. Lo trincha cuidadosamente, se relame anticipando su sabor y luego lo come con deleite; succiona los clavos como si éstos contuvieran los jugos más apetitosos y enrosca los cordones como si fueran tallarines.

La edad de oro de la comedia de Hollywood terminó con la aparición de las películas sonoras que, asimismo, provocaron el fin de las carreras de muchos actores, actrices y directores famosos. Chaplin simplemente ignoró el sonido y continuó haciendo películas mudas en el transcurso de los años treinta.  Generaciones posteriores conocieron a los grandes comediantes del cine mudo gracias a las reposiciones o a la televisión. Como resultado, Chaplin y tantos otros fueron honrados personalmente en distintos festivales y en las ceremonias de los premios Oscar cuando ya eran viejos. Lo que, en definitiva, representó una retribución muy pequeña por todo el placer que sus películas brindaron a tanta gente.

Entre 1918 y 1922 Chaplin filma para la First National, compañía que le había contratado como productor, director, actor y guionista. En su estudio propio rueda "Vida de perro" y "Armas al hombro", su opinión sobre esa guerra que "no duraría más de cuatro meses" como se dijo al principio y que ya llevaba cuatro años. Este film se convirtió en una de sus películas más polémicas porque Chaplin tuvo la idea de reírse de la vida en los frentes de batalla durante la Primera Guerra Mundial, en la que él no participó, lo que le granjeó no pocas enemistades. Y para 1920 comenzó a elaborar el guión de una película que será un símbolo de lo que fue su infancia: "El Pibe". Contrata a Jackie Coogan para el papel del chico abandonado que encontrará en el Carlitos vidriero a un padre. "Quiero hacer una película seria que deje traslucir al mismo tiempo la ironía, la piedad y la sátira de nuestra sociedad", dijo Chaplin. Pero "El Pibe" fue mucho más. Reflejó la frustración de un hombre que pasó su infancia recluído en orfanatos. Chaplin, que había vivido una infancia como las que relata Charles Dickens en sus novelas, conmovió al mundo entero con una película dramática y de alto vuelo poético.

En 1922 funda junto al actor Douglas Fairbanks, la actriz Mary Pickford y el director David W. Griffith la United Artists. El primer título de esta nueva etapa será "Una Mujer en París", su primer intento de hacer una película "seria". Chaplin se encuentra por primera vez ante el fracaso: el público se desconcierta ante el film "serio" del gran cómico y lo obliga a volver sobre sus pasos. Ni él ni los espectadores se arrepienten: fruto de esta decisión son "La Quimera del Oro" y "El Circo" una de las películas más trágicas de la obra chaplinesca y la que le valió un Premio Especial por parte de la Academia de Artes y Ciencias de Hollywood que llevaba entonces dos años de fundada.

En 1927 llega el cine sonoro y con él el cataclismo de la mayoría de las grandes estrellas del cine mudo. Todos se hacían la misma pregunta: ¿hablará Carlitos? Pero Chaplin prefiere no arriesgar. Su primer film sonoro, "Luces de la Ciudad", era en realidad una película muda con acompañamiento musical. Ahí está el personaje de siempre enamorado de una florista ciega a la que trata de devolver la vista desesperadamente. Cuando esto sucede, la muchacha descubrirá que su soñado amor es en realidad un vagabundo. Chaplin pasa la prueba del cine sonoro con una nota alta. Pero la técnica continúa su desarrollo y Chaplin no tendrá otro remedio que despedirse de su personaje. Por supuesto, la despedida será a lo grande: en 1936 se estrena "Tiempos Modernos" una brillante acta de defunción para "el vagabundo". Basada sólo en la mímica y en la pantomima “Tiempos Modernos” es, fundamentalmente, una película muda pero, por primera vez, y como única concesión hecha al cine sonoro, se escucha la voz de Carlitos cantando una pequeña canción. “Hasta cuando me seguiré presentando como Carlitos....No lo sé. El cine sonoro avanza y si yo tuviera que representar un personaje hablado, debería modificar las características de Carlitos”. Así pensaba Chaplin. Por eso, la última imagen de "Tiempos Modernos" muestra a Carlitos llevando del brazo a su muchacha, casi como una despedida del viejo personaje.

Exilio y final

En 1937 Chaplin comenzó a pensar su nueva película y en 1938 comenzaron las presiones para que no llegara a filmarla. El mundo comenzaba a temer la posibilidad de una nueva Gran Guerra. "¡Las luces están apagándose en Europa! Que vayan preparándose en los Estados Unidos de América del Norte!". Esta advertencia, pronunciada con vehemencia por Joel Mc Crea en el final de una película de Hitchcock de 1940, fue una de las muchas denuncias que sobre el fascismo hiciera Hollywood en los años anteriores a la intervención de ese país en la Segunda Guerra. Muchas películas tenían entonces como tema central el avance de la amenaza nazi, mientras que otras reflejaban el mismo tema desde un ángulo menos directo. Como era de esperar, Chaplin expuso claramente sus ideas sobre el tema por medio de una comedia, aun antes de que se hicieran evidentes los extremos a que habían llegado los propósitos genocidas de Hitler. En "El Gran Dictador", Chaplin interpretaba a un peluquero judío que era el doble exacto de Hynkel, un dictador antisemita que usaba bigotito y gobernaba en un país imaginario llamado Tomania. Hacia el final de la película, el peluquero lograba reemplazar al tirano el tiempo suficiente como para hacer un apasionado alegato radial en pro de la paz y de la tolerancia.

Chaplin en una escena de "Candilejas" (Limelight, 1952)
"Monsieur Verdoux" y  "Candilejas" serán las dos últimas películas que filmará antes de abandonar para siempre los Estados Unidos. Tanto en su faceta profesional como en la personal, Chaplin hizo siempre lo que quiso y se lo hicieron pagar muy caro. Fue acusado y perseguido. Cuando se vislumbró el inicio de su declive profesional fueron por él sin contemplaciones, poniendo en evidencia su tormentosa vida privada. La persecución comenzó en 1918. Se le reprochó que no fuera a combatir en la Primera Guerra Mundial. En aquel momento, decidió rodar "Armas al hombro". La First National se negó a distribuirla. Chaplin suplicó pero al final su cinta no fue presentada. El segundo problema lo tuvo con el fisco estadounidense que le reclamaba más de un millón de dólares por impuestos. Al año siguiente, los problemas personales de Chaplin le enfrentaron con la justicia americana con motivo de su divorcio con Linda Grey que le arrebató la casa y el estudio privado de filmación.

Las ideas progresistas de Chaplin y su inconformismo con la sociedad molestaban cada vez más. En 1941 reclamó la creación de un segundo frente de guerra para ayudar a la Unión Soviética. Muchos periódicos pro-alemanes iniciaron una campaña de desacreditación contra él. Más adelante, la guerra fría, que estimula toda una galería de instituciones que ahogan los mejores talentos de los Estados Unidos, lo lleva a comparecer ante el tristemente célebre senador Mac Carthy que no duda en acusarlo de pro-comunista. Más de cien periodistas lo agreden verbalmente. Se levantan carteles que dicen: "Echemos a Chaplin, el ingrato simpatizante comunista, echemos a patadas al forastero....". Chaplin, que  nunca había ocultado su debilidad por las jovencitas, hecho que tampoco estaba muy bien visto, vio como la campaña en su contra se completaba con todo tipo de rumores y alusiones indecentes sobre su vida privada. Para colmo, Oona O’Neill se marcha a vivir con él cuando sólo era una adolescente. Algunos miembros del Senado y el Congreso solicitan su deportación acusándolo de corrupción e inmoralidad. En septiembre de 1952 Chaplin aborda el Queen Elizabeth junto a su familia y abandona los Estados Unidos. Al día siguiente de su partida, el gobierno norteamericano, a través del Ministerio de Justicia, anuncia que Chaplin no puede regresar al país.

Chaplin recibe un Oscar honorífico de manos de
Jack Lemmon, 1972
"Un rey en Nueva York" es su primera película europea. Y en 1966, Chaplin filma junto a Marlon Brando y Sofía Loren el que sería su último film: "La Condesa de Hong-Kong", una mala manera de rematar su extensa y brillante filmografía. A partir de allí comenzó el momento de los homenajes. Francia le otorga la Orden de la Legión de Honor y la Reina Isabel le nombra Caballero del Imperio Británico: el pequeño vagabundo había conseguido entrar en la nobleza. Por último, Hollywood curó su complejo de culpa otorgándole en 1972 un Oscar Honorífico como premio a su extensa carrera y su aporte al cine. La ceremonia, en el Dorothy Chandler Pavillion de Los Angeles, se efectuó el 16 de abril, día en que Chaplin cumplía ochenta y tres años. Una estruendosa ovación saluda al cómico más grande de todos los tiempos: "Sería el gran viejo de Hollywood si viviera allí", dice Chaplin. Y agrega: "Deberán aceptar que Chaplin ha existido, les guste o no. Puede darse que omitan la palabra “grande”. Pero lo que Chaplin ha hecho por el cine de Hollywood no lo podrán borrar".

Sus últimos años los vivió en Vevey, Suiza. En septiembre de 1977 hizo su última aparición pública: se presenta en un circo, como simple espectador, siempre acompañado por su mujer, Oona. Al terminar la función, los payasos lo aplauden y acercándose a él le regalan sus coloradas narices de cartón.

Chaplin sostuvo durante toda su vida que su éxito como cómico se debía en gran parte a que la gente encuentra en el dolor de los demás una excusa perfecta para reírse. Asimismo él les ofrecía una venganza contundente: la carcajada de los más débiles provocada por las desventuras fílmicas de los poderosos. El cine de Chaplin fue el espejo y la conciencia de la sociedad contemporánea. Ya fuera en su primera época con la encarnación de "el vagabundo", o en el trabajador alienado de "Tiempos Modernos" hasta su oposición radical al nazismo con "El Gran dictador", Charles Chaplin pegó un repaso a los atropellos históricos de este siglo. Vida y creación unidas, alimentándose mutuamente una y otra hasta convertirse en la más valiosa inspiración. Porque como él mismo dijo una vez "la comedia es la vida vista de lejos; la tragedia es la vida vista de cerca".

Desde esta perspectiva filmó y vivió Carlitos. O Charlot. O "el vagabundo". El de "Vida de perro", el de "La Quimera del Oro", el vigilante, el bombero, el boxeador. O, simplemente, Chaplin, el cómico más grande de todos los tiempos.

jueves, 21 de marzo de 2013

CINE Y DICTADURA: Fundido a negro


Hablar del cine en la época de la última dictadura militar que asoló nuestro país nos impide escapar a la lógica impuesta por el Estado represivo de aquellos años. Así, hablar de cine es hablar de censura, “listas negras”, exilio de actores y directores. Pero hablar del cine en los años del «Proceso» es también hablar de directores complacientes, de pasatismo exacerbado, de apología desembozada para con el accionar de las fuerzas represivas y de propaganda orientada a lograr consenso en torno a la dictadura realzando algunos de sus “logros”. De este modo, entre censuras, prohibiciones y «agachadas» varias, fueron tomando forma los años más tristes de toda la historia del cine argentino.

Para sortear la censura y poder filmar y decir lo que uno quería había que pelarse las pestañas. El cine en tiempos de la dictadura aguzó la inteligencia de algunos directores, ya que fueron años donde las miradas críticas, con referencias más o menos veladas en torno a la represión imperante, debieron utilizar la metáfora como forma de abordaje. Tres películas se llevan las palmas en este rubro: «La isla», dirigida por Alejandro Doria en 1979, donde la referencia a las condiciones que se viven en un psiquiátrico remiten a los centros clandestinos de detención; «Tiempo de revancha», una oportuna metáfora sacada de la galera por Adolfo Aristarain en 1981, donde un ex sindicalista se enfrenta a una multinacional cortándose la lengua; y ya en 1982, en el ocaso de la dictadura, cuando la censura comienza a relajarse, un policial llamado «Últimos días de la victima», también de Aristarain, con alusiones obvias a los grupos de tareas y su accionar.

A la sombra de Tato

Sino fuera por el tamaño de la tragedia, deberíamos decir que todo era grotesco. Adolfo Aristarain recordó una vez que, en tiempos de la dictadura, cuando necesitaba una escena erótica de tres minutos la filmaba, por lo menos, de diez. Tato lo llamaba ofuscado. «¿Qué es esto?», le decía, a los gritos, y entraba en éxtasis de poda. Aristarain sacudía su cabeza vasca y discutía un poco. Después se iba, con tres minutos eróticos bajo el brazo. Otros no tuvieron tanta suerte: Leonardo Favio filmó «Soñar, soñar» en 1976 y se tuvo que olvidar del cine hasta 1993, y el notable Luis Politti —el verborrágico Vignale de «La Tregua»— se moría de tristeza en el exilio.

Lo cierto es que directores, actores y público en general, tuvieron que soportar las iras ultramontanas de Miguel Paulino Tato desde mucho antes de aquel 24 de marzo de 1976. De hecho, la sutil relación de la censura al cine con la vida política nacional se hizo muy evidente a partir de 1974. Cuando Isabel Perón llegó a la Casa Rosada tras la muerte de su esposo, el poder del entonces ministro de Bienestar Social José López Rega se hizo ostensible. A través de la Triple A, el «Brujo» comenzó una campaña de amenazas contra muchos de los protagonistas del cine nacional, algunos de los cuales tuvieron que marchar al exilio. En agosto de 1974, Isabel y López Rega nombran a Tato al frente del Ente de Calificaciones Cinematográficas. Desde entonces, y sin llegar al record en la materia que ostenta desde 1969 el film «Camino del arco iris» (que pasó de 144 minutos a 100, perdiendo una tercera parte del metraje y varias canciones de Petula Clark), las tijeras de Tato trabajaron a destajo.

A la izquierda, Miguel P. Tato. El "Señor Tijeras" a quien
Charly García le dedicó una canción.
«Quiero un cine positivo, limpio, decente, cultural y no sólo industrial», dijo el censor al asumir como interventor del Ente. En muy poco tiempo, logró que el cine cayera en el desánimo general. Las películas censuradas o directamente prohibidas por Tato se cuentan de a cientos. El corte más ridículo fue el del film «Superman II», que tenía una secuencia en la que el Hombre de Acero levantaba en el aire un ómnibus de Broadway que mostraba en uno de sus costados un cartel del musical «Evita». Demás está decir que la esposa de Juan Perón estaba prohibida por la dictadura.

Tato —que reconocía sus simpatías con el fascismo y su ligazón a medios ultra católicos— tenía sus manifiestas aversiones, al punto que prohibió varias películas de artes marciales porque aseguraba que sólo servían de excusa para mostrar «manoseos homosexuales». También demostró su odio hacía las películas de vampiros —que alguna vez calificó como «subversivos»— prohibiendo títulos como «Prueba la sangre de Drácula», «Los ritos satánicos de Drácula», «Los siete vampiros de oro», «Circo de vampiros» o «Drácula el último romántico». Esta última la prohibió cuando ya había sido estrenada —con una calificación de una gestión anterior— y luego la volvió a autorizar «previa eliminación del texto final que quisiera reivindicar la historia transcurrida en Transilvania» (textual de la ficha de calificación). Por eso la película finalmente se vio… ¡pero sin final! La misma suerte corrió, entre otras, «Carrera contra el diablo» a la que le tiraron abajo la última escena donde los villanos terminaban bien parados. En definitiva, no aceptaba los films donde «ganaran los malos» o, al menos, estos no recibieran su justo castigo.

Tato fue el único funcionario del derrocado gobierno peronista al que la dictadura de Videla, Massera, Agosti y compañía ratificó en su cargo. A partir de 1976, el «Proceso» fijó las pautas para el cine nacional: la educación y la cultura eran para los inquisidores las grandes armas de infiltración ideológica. Por supuesto, el censor no dejaba de demostrar que estaban en la misma sintonía: «El cine se ha convertido en una mercadería de intoxicación: se está apelando al recurso fácil, y en eso incurren desde los que venden cine y les importa poco lo que venden, hasta los intelectuales y pseudo intelectuales y los mismos artistas que sustituyen el ingenio por el fácil recurso de la pornografía», enfatizaba Tato con una gestualidad histérica.

El otro cine

¿Pero realmente era así? ¿Por qué consideraba la dictadura que el cine estaba «intoxicando» la mente de los argentinos? Necesariamente hay que indagar en los años anteriores al golpe llegando incluso al cine que se hacía antes de la apertura democrática de 1973. Un recorrido por aquel cine de los años 60 y 70 que supo gestar las bases de un cine político en la Argentina nos ayudará a encontrar las respuestas.

Los avatares políticos que se vivieron en la Argentina en la década del ’60 (dictaduras, golpes de Estado, proscripción del peronismo, aparición de la lucha armada) fueron la coyuntura sobre la cual el cine ensayó una mirada renovadora, tanto en la ruptura con las formas tradicionales de entender y hacer cine (sobre todo las que venían de Hollywood), como en el compromiso político con los cambios que se iban gestando en el país. Ya hacia fines de los años 50, se había vislumbrado en toda América Latina cierta tendencia que, pretendía mostrar una lectura histórica de la sociedad que se enmarcara en un acto de denuncia, para instruir, sensibilizar y sublevar al espectador. La propuesta giraba en torno a una cuestión hasta entonces silenciada: escribir aquella historia no dicha o directamente negada. Es decir, ante la información oficial, el objetivo era contrainformar.

El filme «La hora de los hornos» quizás pueda representar el hito que instala esta nueva forma de hacer cine en la Argentina de los ‘70. Realizada por Fernando «Pino» Solanas y Octavio Getino durante el gobierno militar de Onganía, la película instaló la necesidad de redefinir tanto la forma de hacer cine como la función del cineasta en las sociedades latinoamericanas. Unidos a los objetivos de la renovación continental, el filme explicitaba sin mayores eufemismos la denuncia contra el neocolonialismo en Latinoamérica, presentando a su vez, un llamado a la acción revolucionaria. De esta manera, Solanas y Getino, junto con Gerardo Vallejos y Egdardo Pallero, fundaron el Grupo Cine de Liberación, el cual contó con un manifiesto llamado «Hacia un tercer cine». Allí se expresaron todas las ideas en torno a lo que se dio en llamar «cine revolucionario».

Catalogada por muchos como ensayo político-cinematográfico, «La hora de los hornos» consta de cuatro horas y media de material de diferentes fuentes: imágenes documentales, entrevistas, estadísticas y fragmentos de cortos. La película está dividida en tres partes independientes que, a su vez, completan una unidad. La primera, Neocolonialismo y violencia, nos habla de la historia de la dependencia de la Argentina, analizando las formas y métodos de este proceso. La segunda, Acto para la liberación, relata la historia argentina desde 1945 hasta 1966, prestando especial atención a las limitaciones del activismo espontáneo. Finalmente, Violencia y revolución es un claro llamado a la educación y memoria, praxis revolucionaria para la transformación de las estructuras capitalistas y la erradicación definitiva del neocolonialismo.

Raymundo Gleyzer
Para el Grupo Cine de Liberación, hacer cine era un acto de lucha política con la intención de transformar la manera de ver cine de los espectadores. Pero ¿quiénes eran esos espectadores? No se pretendía encontrar al público interesado en las salas comerciales. Debido al contexto de represión que se vivía en aquel entonces y a los propios intereses del grupo, se estableció una forma clandestina de distribución y exhibición. La película se proyectó en los barrios, en reuniones sindicales, en asambleas de organizaciones políticas y estudiantiles, con el fin de interpelar directamente a los espectadores, completándose de esta manera la idea de cine militante, «aquel que se asume integralmente como instrumento, complemento o apoyatura de una determinada política y de las organizaciones que la llevan a cabo». Esta estrategia de comunicación permitió que el filme sorteara la censura y pudiese ser visto, entre 1969 y 1973, por casi cien mil espectadores.

Paralelamente surgió desde la izquierda la idea de crear un cine que se correspondiera con sus ideales revolucionarios. Con varios puntos de contactos con Grupo Cine de Liberación se funda el Grupo Cine de la Base, liderado por el cineasta Raymundo Gleyzer. En un principio, Gleyzer se vinculó al PRT-ERP (Partido Revolucionario de los Trabajadores - Ejército Revolucionario del Pueblo) pero cuando éste disolvió sus iniciativas culturales, Gleyzer formó, junto con el realizador Álvaro Melián, el sonidista Nerio Barberis y otros intelectuales, Cine de la Base, cuyo objetivo inicial era responder a los problemas de distribución y exhibición, es decir, la idea era que las películas llegaran a los sectores populares, que se exhibieran en los barrios, las villas y que acompañaran una discusión abierta. Así, Cine de la Base se consolidó en 1973 cuando la primavera camporista permitió una llegada más fácil a las bases. Poco a poco la situación fue volviéndose más dura y a fines del ‘74, las proyecciones pasaron a ser clandestinas.

Uno de los filmes más significativos de aquel momento fue «Los traidores» (1973) del propio Raymundo Gleyzer. Si bien fue un largometraje ficcional, devino en un gran relevamiento documental de la burocracia sindical. A partir de este filme, el grupo se planteó la posibilidad de extender sus actividades de exhibición y debate hacia el campo de la producción. Posteriormente se filmó «Me matan si no trabajo y si trabajo me matan» (1974), un registro en formato de cortometraje de la huelga de trabajadores enfermos por saturnismo. En toda la producción de Gleyzer quedó claramente impreso su ideario revolucionario. Sus palabras lo refuerzan: «Cuando sostenemos la posición de que el cine es un arma, muchos compañeros nos responden que la cámara no es un fusil, que esto es una confusión, etc. Ahora bien, está claro para nosotros que el cine es un arma de contrainformación, no un arma de tipo militar. Un instrumento de información para la base. Este es el otro valor del cine en este momento de la lucha (...) Es así como nosotros entendemos que el cine es un arma».

Cuando llega la noche

Después de tanta renovación, todo fue acallado. A partir de 1976, con los militares nuevamente en el poder, la censura, la represión, el exilio y la desaparición de cineastas, despejaron el camino para que un cine cómplice de los fines e intereses del gobierno militar dominara la cartelera de estrenos nacionales.

El discurso de la censura oponía la «cultura verdadera y legítima» a la «cultura falsa e ilegítima», y hablaba de un «sistema cultural falso» que «no se subordina a lo moral». «La censura se dedicó durante años a señalar y prohibir lo no-moral, que abarcaba los conceptos de sexualidad, religión y seguridad nacional. El concepto de sexualidad se va definiendo como todos los demás significados del discurso dentro de la oposición ‘nuestro-ajeno’. El segundo concepto abarcado por el catálogo de lo no-moral es lo que denigra, afrenta o ataca las instituciones religiosas, la iglesia católica o la moral cristiana. El tercer concepto, relacionado oblicuamente con este catálogo es el de la seguridad o de ‘interés de la Nación’», explicó el crítico de cine Sergio Wolf.

En 1973, las películas argentinas estrenadas comercialmente habían sido 41 y el cine argentino pasaba por un buen momento: las producciones más vistas fueron «La tregua» (nominada al Oscar para el mejor filme extranjero), «La patagonia rebelde», «Juan Moreira», «Boquitas pintadas», «La gran aventura» y «La Mary» (todas superaron la cifra de 200.000 espectadores). Pero en los dos años siguientes, a tono con la debacle que vivía el país en su conjunto, comenzó una decadencia que, para 1976, había llevado aquel número a la mitad: sólo 21 filmes nacionales llegaron a las pantallas y esta cifra se mantuvo durante los dos años siguientes. Los 84 millones de entradas que se vendieron en 1975 se redujeron drásticamente a 65 millones en el año del golpe.

Mientras tanto, el Instituto Nacional de Cinematografía (INC) a través de su interventor, el capitán Bittleston, dictó, el 30 de abril de 1976, las normas para un «cine optimista». Quien quisiera filmar con el apoyo del Estado ya sabía a que tenía que atenerse.

Filmar con alegría

Según Sergio Wolf «un cine de régimen no requiere, para constituirse en tal, que todos los films reproduzcan enunciados en boga, que cada quien o cada puesta en escena haga visible el discurso del gobierno de turno. Conque una zona amplia y diversa de la producción lo haga o deje de leer las circunstancias de gestación, basta para aseverarlo».

La última dictadura necesitaba imperiosamente un cine nacional que mejorara su imagen y promoviera la confianza en el orden represivo. Se puso en marcha un dispositivo para manipular la producción, mediante la selección condicionada de créditos y una férrea censura. La tarea la asumió el Capitán de Fragata Jorge Enrique Bittleston, quien estableció «la necesidad de premiar aquellas obras que tengan profundas raíces en el ser nacional y que exalten valores espirituales, cristianos e históricos que afirmen los conceptos de familia, orden y trabajo».

Este sistema de premios y castigos no se ceñía solamente a la censura y aprobación de proyectos, sino en los subsidios y la declaración de interés con que eran evaluados y se distribuía el dinero. Al examinar con atención el período 76-78, se advierte que aquellas películas que exaltaban «los conceptos de familia, orden y trabajo» recibían todos los beneficios de la ley. Así ocurrió con «Patolandia nuclear», de Julio Saraceni, o «Dos locos en el aire» y «Amigos para la aventura» de Palito Ortega, quien agotó las siete películas de su filmografía entre 1976 y 1980 y logró varias veces rozar el millón de espectadores. A Bebe Kamin, Leonardo Favio, Carlos Galettini y Adolfo Aristarain se les negó tanto el subsidio como la declaración de interés especial.

A pesar de las propuestas oficiales de «optimismo» y del cine «escapista y trivial» que se produjo durante el gobierno militar, la muerte fue un tema recurrente. Puestas en escena y relatos se orientaron hacia ella como atraídos por un imán, un destino o una necesidad, aun en el terreno de la comedia, como en «Crucero de placer» (Carlos Borcosque hijo, 1979), donde los protagonistas buscan socios para un «negocio rentable»: la fabricación de ataúdes.

El discurso del cine más orientado por las normas «optimistas» se movió en torno a dos tópicos principales. Por un lado, se produjeron una serie de títulos alrededor de la reafirmación de los valores familiares. Por el otro, se afianzó un cine de acción, surgido a principios de los ‘70, que utilizaba un lenguaje plagado de eufemismos y metáforas de la jerga castrense para aludir a la «guerra antisubversiva». En este grupo podemos ubicar las sagas de los «Superagentes» y los «Comandos azules».

La primera saga ya había estrenado «La gran aventura», de Emilio Vieyra (1973), y «La super super aventura», de Enrique Carreras (1974). Eran tres hombres que respondían a los apodos de Tiburón (Ricardo Bauleo), Delfín (Víctor Bo) y Mojarrita (el recordado Julio De Gracia), y que trabajaban para una misteriosa organización para combatir el delito: Acuario. Luchaban contra el mal, defendían el orden y velaban por la seguridad del país. Cualquier parecido con lo que públicamente se proponía el «Proceso» no es pura coincidencia.

Durante la dictadura la lógica eufemística de esta saga se acentúa. Como señala Sergio Wolf, «nunca se enmarca abiertamente el relato en la Argentina ni se indica a quién responde cada sector en lucha; sólo se habla de salvadores locales y enemigos foráneos». En este período se filmaron tres títulos de la serie: «La aventura explosiva», (Orestes Trucco, 1976); «Los superagentes biónicos» (Mario Sábato, 1977), donde subyace la infiltración como normalidad y el «tirar a matar» como consigna de los grupos que se enfrentan; y «Los superagentes y la gran aventura del oro» (Galettini, 1980), película en la que los superagentes sin uniforme deben impedir que «rivales foráneos» roben «la memoria histórica» de un museo.

Los «Comandos Azules» inicia la segunda saga en 1979. Su continuación, en 1980, se titula «Comandos azules en acción». Ambas fueron obra de Emilio Vieyra y son todavía más transparentes en su prédica antisubversiva. La acción se sitúa en la Argentina, presentada como «uno de los pocos lugares del mundo en que se puede vivir en paz» y el mensaje es simple y directo: dos «simpáticos» parapolicías, operando en las sombras, combaten a grupos que perturban el orden.

Otro director que se sumó al bando de los «optimistas» fue Palito Ortega. En 1976, debutó como director con «Dos locos en el aire». Al año siguiente, con «Brigada en acción» incursionó también en el género ya no policial, sino «parapolicial». Ambos títulos son el ejemplo perfecto de que existía una compulsión a narrar historias sobre facciones enfrentadas, donde el objetivo era exterminar la diferencia, eliminar al «otro». Estos grupos, a veces, se representaban identificándose con alguna de las Fuerzas Armadas, tal como acontece en «Los drogadictos» (Enrique Carreras, 1979) o en «Dos locos…» y «Brigada…». En esta última, Ortega llegó a incluir autos sin chapa y su personaje —el principal Alberto—  lleva hasta sus últimas consecuencias el ataque contra las distintas variantes del «otro». El film incluye, al pasar, la Escuela Ramón L. Falcón, visitas al Museo Policial, desfiles de la Policía Federal, apologías de lo parapolicial y -como leit-motiv sonoro- la sirena de un patrullero.

Es Ortega también quien introduce —junto con la metáfora del «cuerpo enfermo a curar»— el concepto del país como establecimiento a reeducar, como orden a reinstaurar, como espacio en que hay que contraponer la moral de los valores positivos frente a los valores negativos... Ortega en este sentido, es un «alumno aplicado» el primero en llevar a la práctica lo pedido por el interventor del Instituto Nacional de Cinematografía, Bittleston. «Palito» contribuyó con tres películas a la propuesta de reeducación social del país a partir de valores positivos: «Las locuras del profesor» (1978), con Carlos Balá, «Vivir con alegría» (1979), con Luis Sandrini y «¡Qué linda es mi familia!» (1980), última aparición de Luis Sandrini y Nini Marshall, donde Palito, disfrazado de hombre de la Armada y en la Fragata Libertad, canta «Me gusta el mar / soy guardián de mis fronteras / donde empieza mi bandera /se terminan las demás».

También se propuso exaltar la «alegría» de ser argentino un producto como «La fiesta de todos» (un paso en falso de Sergio Renán) que explotaba el triunfalismo deportivo del Mundial de Fútbol de 1978 e intercalaba material documental de los goles del evento con una serie de escenas ficticias en las que se convencía a los más críticos respecto del seleccionado argentino.

Así, tanto desde las pantallas como desde la prensa diaria y periódica se intentó construir la imagen de un país «optimista» cuyas voces discordantes eran anuladas o, en el mejor de los casos, difundidas con sordina. Los primeros análisis sobre el campo cultural que se harán durante la transición democrática elegirán exaltar esas voces silenciadas más que delatar la obsecuencia de ciertos medios y personalidades que, con pocas excepciones, siguieron formando parte de nuestra «cultura nacional».

Papelitos de colores

El Mundial de fútbol apareció de distintas formas en muchos films del año 1978, a veces con una simple mención, otras en puntos clave del argumento. Pero hubo una película que con convicción y seguridad se transformó en la película oficial del evento deportivo. El 24 de mayo de 1979 se estrena «La fiesta de todos» (1978) dirigida por Sergio Renán, con guión de Hugo Sofovich y Adrián Quiroga (seudónimo de Mario Sábato). Este alevoso panfleto está construido sobre un material previo, filmado por un grupo de brasileros que, frente a la derrota de su equipo, decidió vender las imágenes documentales que habían registrado. A dichas imágenes, algunas de cierta calidad y valor documental, se le agregaron una serie de sketchs de fuerte contenido ideológico y de una pobreza cinematográfica asombrosa. Una seguidilla de momentos vergonzosos en donde impera un punto de vista por demás homofóbico, racista y xenófobo, un verdadero despliegue de contenido ideológico fascista. Y como refuerzo a todo esto aparecen discursos políticos nada inocentes ya sea mediante gags o directamente con gente hablando a cámara.

Esta defensa de un evento, tan siniestro por el momento del país en el que se desarrolló, convierten a «La fiesta de todos» en la película más oficial de la dictadura, dirigida nada menos que por Sergio Renán, quien años antes había ganado prestigio internacional con «La tregua» y por lo tanto era un realizador con un nombre, una carrera y un compromiso extra con el cine nacional.

La película presenta algunos discursos que hoy producen indignación, como el del periodista Roberto Maidana que dice: «Para nosotros, los argentinos, la historia importante empieza antes de esta fiesta y termina en esta fiesta. Porque el Mundial para nosotros fue un desafío donde el fútbol no tenía nada que ver. Sí la malevolencia y el escepticismo. Y respondimos con las obras realizadas y con la actitud serena y generosa de un pueblo maduro, de pantalones largos». En el cierre del film, Félix Luna, el historiador más conocido que tiene nuestro país, finge mirar desde un balcón a la gente festejando -la escena claramente está filmada después, aunque caen papelitos desde arriba- y explica: «Estas multitudes delirantes, limpias, unánimes, es lo más parecido que he visto en mi vida a un pueblo maduro, realizado, vibrando con un sentimiento común, sin que nadie se sienta derrotado o marginado. Y tal vez por primera vez en este país sin que la alegría de algunos signifique la tristeza de otros».

Posteriormente, Renán manifestó su arrepentimiento por esta película. Muchos historiadores y críticos de cine han «perdonado» este film y tratan de olvidarlo.

Policía y pedagogo

En «Brigada en acción», "Palito" Ortega es un intrépido agente policial que encabeza un grupo de tareas junto a Carlos Balá y Alberto Martín, que se encarga de resolver distintos casos delictivos. Las primeras escenas sientan las bases del programa estético e ideológico de los filmes de Ortega, estableciendo las líneas temáticas y conceptuales que se repetirán en adelante y no sólo en películas de género castrense, sino bajo distintos ropajes. Entre ellas: exaltación de la labor y los valores humanos de las fuerzas militares; tipificación de una ética y una moral ejemplar, encarnada por algunos personajes; planteo frontal de su ideología; lugar privilegiado de la familia bien constituida con adoración por la madre y respeto hacia la figura del padre como autoridad férrea que no resiste críticas.

Entre tiros y persecuciones, el relato va intercalando diversas escenas en las que se presenta de forma abierta y franca una propaganda casi institucional de la Policía Federal, con frases terminantes como «la policía argentina es una de las mejores preparadas del mundo», dicha textualmente por "Palito". Sumadas a las apreciaciones de los personajes civiles como los de Altavista y la madre de personaje de "Palito", en las que se comentan la vocación de servicio de los agentes, quienes «en cualquier momento del día deben entregarse a la defensa del bien común», forman un cóctel difícil de tolerar.

Y esto no es todo, ya que no falta, al modo de los desfiles militares que supimos padecer en la época, las insoportables sesiones de acrobacia y destreza sobre motocicletas que llevan a cabo los cadetes de la escuela de policía, a la que "Palito" lleva a pasear a "Cepillo", un niño lustrabotas y huérfano, amigo de los oficiales, para enseñarle las virtudes de nuestras fuerzas de seguridad. En «Brigada en acción» es muy clara la caracterización que el propio Ortega hace de su personaje Alberto, el cual está vestido e identificado con los atributos del sacerdote, a saber: como lo dice su abnegada madre y él lo demuestra con los hechos, él solo vive para su trabajo, mientras que a ella le gustaría mucho que trajera una chica a su casa.

En cuanto a los malos de la historia, estos son mencionados en la canción que suena en off, cuando se anuncia la muerte de unos de los agentes, que, para agravar dramáticamente la afrenta de los delincuentes, en la escena anterior había estado festejando el nacimiento de su primer hijo. En esa canción se habla de aquellos que «perdieron la fe en el amor y en la Justicia y confunden la libertad». Es muy interesante el modo en que plantea la presencia de "esos delincuentes", a quienes no identifica. La apelación es tan amplia, que permite aludir a un grupo indefinible de "criminales".

Ortega y Carlos Balá en una escena de
"Dos locos en el aire"
«Brigada en acción» se estrenó al igual que se antecesora, «Dos locos en el aire», para la fecha de las vacaciones escolares de mitad de año, con lo cual se aseguraban una gran afluencia de público infantil. A este hecho se suma, como decíamos, que el personaje de "Cepillo" es el destinatario directo de la serie de enseñanzas que destacan los valores de sacrificio, profesionalismo y hombría de bien, que parece representar, la Policía Federal. La figura del niño es esencial dentro del esquema de significados del film ya que el niño de la ficción, receptor en la pantalla, duplica a los niños fuera de ella y provoca la identificación de los mismos, convirtiéndose a su vez ellos en receptores secundarios del mensaje de propaganda. "Cepillo", luego de la recorrida por la escuela de suboficiales Ramón Falcón, dice: «Yo cuando sea grande, quiero ser policía».

«Brigada en acción» comienza con una persecución en montaje paralelo con imágenes de una exhibición de acrobacia por parte de la policía. Corre el año 1977 y el director elige ese plano para iniciar su film, y luego agrega una visita guiada por el museo policial con alguien que nos explica: «Naturalmente los medios para combatir el delito se han modernizado de modo de colocar a nuestra policía entre las mejores del mundo. Durante las veinticuatro horas del día hombres y mujeres trabajan de distintas formas, velando por la tranquilidad de sus semejantes». Sí, la policía de 1977 es a la que se refiere el film. Estos elogios se multiplican alegremente y hay espacio para todas las bajadas de línea posibles. En este sentido, hay varios ejemplos: hay un niño huérfano en el film que declara su deseo de ser policía, o la permanente presencia de exhibiciones acrobáticas y destrezas varias de las diferentes unidades de la policial. El hermano de uno de los protagonistas dice ser estudiante universitario, pero no lo es, es un delincuente común. No hace falta aclarar cuál es la ideología detrás de este absurdo personaje. Pero el punto que resume la auténtica ideología del film está en una canción que es una pieza digna de estudio en sí misma. Uno de los policías de la brigada muere en un enfrentamiento y al recibir Ortega la noticia, se escucha la siguiente canción, a la par que se observa al Falcon que maneja, dirigirse sin rumbo por la ciudad: «Pobre de esa gente que no sabe a dónde va/los que se alejaron de la luz de la verdad/ esos que dejaron de creer también en Dios/ los que renunciaron a la palabra amor. Pobre de esa gente que olvidó su religión/ esos que a la vida no le dan ningún valor/ los que confundieron la palabra libertad/ los que se quedaron para siempre en soledad». Esta es la descripción que elige "Palito" para hablar de la delincuencia en su película. ¿A qué delincuencia se refiere exactamente?

Por su parte, «Dos locos en el aire» funciona como un elogio de las instituciones en el poder a partir de la Fuerza Aérea y también, como una defensa de la fe católica -algo muy recurrente en la filmografía de Ortega- y los símbolos patrios. Ver volar -con una canción de Palito sonando de fondo- los mismos aviones desde los cuales durante ese mismo año en que él los filmaba, tiraban gente en el Río de la Plata, no puede ser tolerado ni disculpado bajo ningún concepto. Así como tampoco debería ser olvidado.

En estos films de Ramón Ortega y su productora "Chango" (nacida con la dictadura) hay un elemento que es irrefutable: nada es accidental, ni existe ambigüedad posible, sabían lo que estaban haciendo y por qué. Nada es inocente, como tampoco lo es que hoy muchos lo olviden y traten a Ortega como si esto no se hubiera hecho jamás. O como si nunca hubiera escrito -en lo que varios han reconocido en su momento era una alusión a los cantantes de protesta - «si no te gusta que la gente esté contenta/ si no te gusta ver feliz a los demás/ tirate al río en la parte más profunda y después cuando te hundas si querés podes gritar». El único film que produjo "Chango" fuera de la dictadura fue Tacos altos (1985) dirigida por Sergio Renán. Aunque sus dos películas más siniestras son las arriba nombradas, el resto de su filmografía no es del todo inocente. Que sean muy malas películas no las absuelve. En «Amigos para la aventura» (1978) la insistencia por festejar «una nación de paz» de ninguna manera puede ser accidental. Como tampoco lo es que «Vivir con alegría» (1979) termine con una cita de Juan Pablo II cubriendo toda la pantalla. Este film es el más claro con respecto a los valores católicos, patriarcales y conservadores del director, y en su notable mediocridad igual es el más logrado de su carrera. «¡Qué linda es mi familia!» (1980) es el último de sus títulos. Allí, "Palito" Ortega hace de hijo adoptivo y su padre (Luis Sandrini, obviamente) echa al padre biológico cuando éste viene a reclamarlo. Proviniendo de este cineasta, se puede afirmar con seguridad que las casualidades no existen y que, en consecuencia la lectura de esta escena es definitivamente aterradora.

La metáfora

Pero como señalaba al comienzo de esta nota, sería injusto olvidar que también existió, por parte de algunos cineastas, el intento de denunciar la situación que se vivía en la Argentina. A pesar del clima político imperante y los riesgos vigentes, algunas voces consiguieron eludir la censura y la persecución a través de la realización de un cine de género donde, aunque metafóricamente, se colaban alusiones a la situación política. Así, gracias a la estrategia exitosa de decir sin nombrar, el encierro, las desapariciones y el miedo lograron una representación en clave. Fue así como José Martínez Suárez realizó «Los muchachos de antes no usaban arsénico» (1976), en la que un grupo de ancianos disuelven a sus esposas, para luego repartirlas en una casona; Sergio Renán, «Crecer de golpe» (1977), con libro de Haroldo Conti; y Alejandro Doria «La isla» (1979) y «Los miedos» (1980). Incluso Leonardo Favio confesó haber decidido cambiar el final de «Soñar, soñar» y terminar su historia en un presidio. Estrenó en 1976 bajo amenazas de bombas en los cines.

Pero el caso más contundente es el de Adolfo Aristarain, que debutó como director en 1978 con el policial «La parte del león». Aunque en 1979 firmó una de las entregas de una serie de moda —«La discoteca del amor»—, en 1981 realizó una de las películas más valiosas de todo el período: «Tiempo de revancha». Un plano de Federico Luppi cortándose la lengua frente al espejo, se convirtió en símbolo de la victoria contra un sistema aparentemente impenetrable desde una resistencia silenciosa.

Según Aristarain, lo que impidió a la censura, algo más relajada entonces, prohibir la película fue su «trampa» narrativa. Se trataba de una historia donde no se resolvía nada cortando una u otra escena, por lo que directamente hubieran debido prohibirla. Ante la eventualidad de un gran escándalo, se decidió dejarla pasar. Fue unánimemente leída en clave crítica. Un año después, con la guerra de Malvinas, el cine argentino empezaría a transitar otro camino, lejos de la oscuridad.

REVISTAS FEMENINAS EN LA DICTADURA: El horror en el living de tu casa


Durante los años de la última dictadura militar, las revistas (especialmente las que daba a luz la Editorial Atlántida) supieron hacerse eco del pensamiento militar, no sólo dirigiendo la mirada femenina hacia el vacío intelectual y lo superfluo sino educando también en el “no te metás” y el “algo habrá hecho”. Lo que sigue es una pequeña lección de periodismo amarillo. Tirando a negro.

Una de las inocentes portadas de "Para Ti"
"La ciudad estrena un nuevo look que nos apasiona a todas: las autopistas. Y nosotras también estrenamos algo: soleros bien cavados, enteritos, bermudas, conjuntos mil rayas y algún que otro vestido para paquetear". Este texto que apareció en la revista Vosotras en enero de 1981 es sólo un ejemplo de cómo se manejaron las editoriales que publicaban revistas para la mujer para congraciarse con los militares que habían asaltado el poder el 24 de marzo de 1976. Bajo el título "La autopista está de moda", la nota le cantaba loas al "progreso" que nos traía el brigadier Cacciatore, entonces intendente de la ciudad de Buenos Aires, a pesar de "aquellas cosas que quedaron en el camino (…) como las quejas de quienes vieron como las topadoras arrasaban con sus viviendas".

Una mentalidad militar debe ser lo más opuesto que existe a una mirada femenina sobre la vida. Por eso, cuando los militares (o sus amigos editores) decidían sobre qué temas había que hablarle a las mujeres, los resultados rozaban el ridículo y la pretendida "moda autopista" que pregonaba Vosotras es un buen ejemplo. Había que enseñarle a la mujer que las autopistas le daban más ganas de vivir y de exhibirse –alegres y radiantes– a las porteñas, que compartían la novedad que había significado la destrucción de una parte de la ciudad de Buenos Aires.

Ante la objeción de los aspectos económicos de la contratación de las obras (hasta Ernesto Sábato insinuó grandes negociados) y las quejas de arquitectos e ingenieros que sostenían que se rompía la entidad urbanística de la ciudad, el centimetraje en la prensa destinado al elogio debía ser importante. Cacciatore era presentado como un hombre de acción y se difundía la idea de que en algún momento la obra pasaría al control municipal y sería gratuita. La nota de Vosotras permite establecer el nexo entre gobernantes y publicistas de entonces. Y que a las mujeres les reservaran en la campaña una participación propia de idiotas ilustra, en realidad, sobre el alcance intelectual de los responsables de la misma.

Cuando la calle pensaba como los cuarteles

Una de las postales que regalaba "Para Ti" para que sus
lectoras las enviaran al exterior en apoyo a la Dictadura
En mayo de 1978, la revista Para Ti, publicó una nota –sin firma, por supuesto– que también ilustra sobre la forma en que se manipulaba a la mujer para alejarla de cualquier actitud crítica para con el "Proceso". Cabe recordar que tanto Para Ti como Vosotras eran propiedad de la Editorial Atlántida (dueña también de Gente, El Gráfico y Somos) que dirigía Aníbal Vigil y que mantenía estrechos lazos (ideológicos y económicos) con la dictadura: la publicidad estatal era abundante en las mencionadas publicaciones.

Volviendo al tema, bajo el título "¿Qué piensan las Argentinas de los políticos?", se educaba a las lectoras en los "valores" que nos proponían los asesinos que moraban en Balcarce 50. La encuesta de Para Ti alcanzó a 200 mujeres y "demuestra que las argentinas tienen buena memoria". Entre otras cosas, se leen algunas frases que parecen salidas de la cabeza de algún coronel de entonces: "Estoy de acuerdo con el actual gobierno. No digo que represente el ideal, pero había que poner orden", "Si los políticos quieren ayudar en el nuevo proceso, está bien. Pero que se olviden muy bien de todos los sistemas tradicionales", "Es increíble, siempre vuelven los políticos. ¿Cómo hacen para no sentir un poco de vergüenza?", "No hay que intentar más nada con los políticos", "Felizmente no se hace tanta política como antes y en las facultades se puede estudiar", y otras lindezas por el estilo. Editorial Atlántida hacía bien la tarea y la política era mostrada como algo "pasado de moda".

Unos meses antes, Para Ti había publicado "El Gran Libro de los Sueños" que resultó algo verdaderamente desopilante. Allí podía leerse que soñar con un uniforme "indica gloria y celebridad" y –por el contrario– hacerlo con una urna significaba "un acontecimiento triste". Si la mujer argentina soñaba con un policía, debía tomarlo como una "exhortación a respetar las leyes morales cotidianas", aunque también podía significar que su alma se estaba rebelando "contra una criminalidad interior". Si en cambio le tocaba en suerte soñar con su propio lecho vacío significaba que "tenía ganas de desaparecer". Y soñar con dinero traía aparejada una pequeña diferencia, que estaba dada en el sexo del soñador: "En el hombre, símbolo de capacidad en el amor y en la vida. En la mujer, casi siempre símbolo de especulación erótica". ¿Qué tal?

Pensando tal vez que la encuesta sobre los políticos había sido todo un éxito, los cerebros de Para Ti pergeñaron otra encuesta y en marzo de 1979 vio la luz una nota bajo el título "¿Qué piensa y quiere la juventud?", con pibes y pibas de 15 años que respondían como un general cincuentón. Un periodista que trabajó varios años en Para Ti me comentó una vez que las dichosas encuestas no necesariamente tenían que ser inventadas: alcanzaba con enviar al cronista al lugar adecuado (Pueyrredón y Las Heras, por ejemplo). Por las dudas, las respuestas eran luego tamizadas en la redacción. Así, los chicos y las chicas que contestaban representaban tanto a la juventud como el Pato Donald representa a todos los otros patos que no supieron acceder a la historieta. De hecho, la revista aseguraba que "todos estaban rigurosamente vestidos a la última moda y todos sabían de memoria los nombres de los integrantes de Queen".

"En estos momentos, mi mayor preocupación es la penetración marxista en los colegios", decía una tal Edith Navarro desde el candor de sus 15 años, mientras que Silvina More (16) sostenía que "ahora la gente toma conciencia de su responsabilidad y hay más fe en el futuro". "Para la inmensa mayoría de los encuestados lo mejor que le pasa a la Argentina es el reencuentro de su gente. Algunos creen que sucedió por obra y gracia del mundial de fútbol; otros suponen que todo el país se sintió unificado ante el peligro que significó el posible conflicto con Chile. De todos modos, casi todos los jovencitos están de acuerdo en que una de las cosas más importantes del momento es el fin de la violencia, de la guerrilla y de la prepotencia callejera", explicaba Para Ti. Los cadáveres y las desapariciones tenían que ver, aparentemente, con conflictos originados en el reino de Sri Lanka.

La encuesta permitía afirmar que "otra señal positiva es la imagen sólida que tiene el gobierno" y la preocupación que sentían algunos "por las calumnias contra la Argentina que se dicen en el exterior", y se hacía tiempo para ridiculizar a "la chiquilina que aseguró que hoy en día no pasa nada bueno". La espontaneidad que Para Ti creía descubrir en las opiniones de los muchachos y chicas de aquel año se parecía demasiado a la uniformidad. Literalmente entendida.
 ¡Felicidades, General!

Diciembre de 1980. Época de salutaciones. Bajo el título "Feliz Año 1981", Para Ti les envía "en nombre de las mujeres argentinas" los clásicos saludos de fin de año a los capitostes del "Proceso". Una joyita de la manipulación. Y si no creen lo que sigue pueden solicitarme la copia de la revista.

"Muchas gracias por la paz. Por esa paz que todos salvamos y que gracias al esfuerzo de las Fuerzas Armadas hoy vivimos", arranca la nota dirigiéndose a Videla. "Fue duro llegar a ella. Corrió mucha sangre. Pagaron justos por pecadores… Pero hay PAZ" (así, con mayúsculas). Y trasparenta: "Pero muchas gracias también por defender una política tan antipopular. Una política que (…) sólo busca el progreso del país…".

Martínez de Hoz, recientemente fallecido y entonces ministro de Economía también recibía lo suyo: "Que usted cometió errores nadie lo pone en duda. Lo que sí ponemos en duda es la honestidad de quienes lo critican". Para la revista los errores radicaban en que se había "dejado de hacer cosas que se habían prometido, como una mayor privatización”, pero como "también es cierto que hubo aciertos", había que ser justos "y decirle gracias, muchas gracias".


El caso de "Alejandra"

A fines de 1977 no estaba sola ni sus padres la habían abandonado ni era hija del terror. Ni siquiera se llamaba Alejandra. A fines de 1977, Alejandrina Barry Mata tenía dos años y medio y también formó parte sin saberlo, sin quererlo y sin comprenderlo, de la campaña mediática atroz que  Editorial Atlántida había lanzado para apoyar a la dictadura.

Alejandrina es hija de Juan Alejandro Barry y Susana Mata, dos militantes montoneros asesinados respectivamente el 15 y el 16 de diciembre de 1977 en Uruguay. Juan Alejandro en la ruta Interbalnearia, cuando intentaba escapar de un retén junto a Jaime Dri; Susana, en la casa de playa de Lagomar. De esa misma casa se llevaron a Alejandrina. Había nacido en la cárcel de Olmos el 19 de mayo de 1975, donde su mamá estaba detenida y recuperaron juntas la libertad pocos meses antes del golpe de Estado. Siguió a sus padres cuando decidieron cruzar a Uruguay a fines de 1976 luego del secuestro y desaparición del hermano de Juan, Enrique Barry, y su esposa Susana Papik.

"Me entregaron a mis abuelos después de varios días en los que estuve a cargo de las fuerzas armadas uruguayas, apropiada. Creo que lo hicieron porque decidieron que yo era más conveniente para hacer esta campaña de prensa. Las fotos se hacen en Uruguay, mientras me tienen los militares de allá. Y la campaña aparece después de entregarme a mis abuelos. Y tiene que ver con que los hijos de los desaparecidos éramos un botín de guerra. Hoy hay más de 400 chicos de los cuales todavía no sabemos su identidad. Y a mí me usaron como un conejito de Indias. Servía más para que ellos hicieran su publicidad que apropiada. No es que me entregaron sin más a mis abuelos. Fue una decisión política. Me entregaron a cambio de poder hacer esa gran campaña. Me usaron para decir que los subversivos merecían morir porque dejaban solos y abandonados a sus hijos. Para transformar a las víctimas en victimarios", contó Alejandrina al diario Miradas al Sur. Hoy, Alejandrina milita en el PTS y en la coordinadora formada en La Matanza por la aparición con vida de Luciano Arruga, secuestrado por la Bonaerense.

En el parte 1380 del 29 de diciembre de 1977, las Fuerzas Armadas uruguayas afirman que la nena detenida en el operativo antisubversivo de la casa de Lagomar fue "entregada por la Justicia Militar a sus abuelos paternos" y que de ese modo se aseguraba su traslado a la Argentina. Como señala la periodista Claudia Acuña en su investigación sobre el caso, el comunicado es reproducido por las agencias de noticias Associated Press y France Press y repetido por los diarios La Nación y La Opinión. Pero a la familia Vigil, propietaria de la Editorial Atlántida, las novedades le importaban tanto como la verdad: nada. En 2010, Alejandrina inició una querella contra la editorial y también contra los responsables periodísticos de los medios de ese grupo: Samuel "Chiche" Gelblung ( Gente); Gustavo Landívar, Héctor D’Amico y Jorge Gutiérrez ( Somos), y Lucrecia Gordillo y Agustín Botinelli ( Para Ti).


Una entrevista imposible

"Habla la madre de un subversivo muerto" fue el título del mayor ejemplo de manipulación que ofrecieron las revistas femeninas durante la última dictadura. La entrevista fue publicada por Para Ti el 23 de agosto de 1979 y ejemplifica lo que los represores llamaban –en su jerga– acción psicológica sobre la población. Thelma Dorothy Jara de Cabezas integraba la Comisión de Familiares de Detenidos y Desaparecidos y fue secuestrada a fines de abril de 1979. La Comisión hizo la denuncia. Meses después, la presunta víctima aparecía reporteada en la revista Para Ti y planteaba una conexión directa entre el terrorismo y las organizaciones defensoras de los derechos humanos, promovía el miedo y el control como método de vida para todas las madres y establecía una tenebrosa relación automática entre "chicos equivocados" y "chicos muertos en enfrentamientos con las Fuerzas de Seguridad".

En enero de 1980, la señora Jara de Cabezas pudo ponerse en contacto con miembros del Centro de Estudios Legales y Sociales y les contó la verdad de la historia. Acababa de ser liberada después de pasar por la Escuela de Mecánica de la Armada, pero su hijo mayor y su nuera continuaban detenidos. Su secuestro se había producido después de un viaje al exterior, donde había tratado de verse con Juan Pablo II. En la ESMA fue secuestrada y torturada. Contó que un día la fueron a buscar a su celda, la vistieron, la peinaron y la llevaron a una confitería de la Avenida Libertador y allí fue fotografiada por un profesional cuyo nombre no aparece al pie de la nota. No hubo reportaje: el mismo ya estaba escrito por un experto en acción psicológica y las preguntas suenan más a una indagatoria policial que a un cuestionario periodístico.

"Su desesperación la llevó a recorrer los siniestros caminos que organizaciones subversivas tienen preparados para especular con el dolor de las familias deshechas por su propia culpa, por su política de odio y de violencia", comienza diciendo la nota. Y a partir de allí, la entrevistada comienza a hablar como si ella también hubiera sido entrenada en los organismos de inteligencia del "Proceso". Después de tantos esfuerzos por conocer el destino de su hijo desaparecido, acepta sin la menor duda la explicación de que el mismo murió en un enfrentamiento con fuerzas de seguridad y –coincidiendo con Massera– comenta que decide actuar en el exterior para enfrentar mejor a Amnesty Internacional, organización que venía trabajando a favor de los derechos humanos en la Argentina.

Hacia adentro, la entrevista busca estimular la culpa en las madres, para paralizar su acción: "Las consecuencias, el desastre que sobrevino después y la vida de mi hijo, pesan sobre mi conciencia", dice Jara de Cabezas. Y cuando le preguntan qué encontró al final de su búsqueda, contesta: "La decepción". El mensaje quedaba claro: ¿para qué querían las madres continuar con sus preguntas y reclamos? ¿para qué las rondas de los jueves? Por las dudas, la entrevistada le pide a Dios "que no haya más madres desesperadas ni chicos equivocados".

La fraguada entrevista es una "perla" trágica de la historia del periodismo argentino. La colaboración con los represores es directa (encubrimiento, complicidad, apología del delito). La prensa argentina alcanzaba su punto más alto de corrupción moral.

Amarillo, lindo color…

Si se trata de ver cómo actuó la prensa en relación con el sistema de poder en los años de la última dictadura, bastaría con recorrer los editoriales de los principales diarios, algunos textos de las "revistas de actualidad" de entonces y, obviamente, recordar la manipulación burda que realizaban la radio y la televisión, meras agencias de la propaganda oficial. Sin embargo, detrás de las aparentemente inocentes tapas de las revistas para la mujer se escondía un mecanismo de manipulación y formación de opinión que es anterior a la última aventura militar. Para decirlo de alguna manera, ese mecanismo forma parte de una política permanente de transmisión de la ideología y los valores de las clases dominantes en la Argentina, que tiene muchísimas décadas de vigencia. Una lectura de las revistas femeninas de la actualidad nos llevará a observar que dicho mecanismo no ha desaparecido.

La manipulación ejercida por las revistas como Vosotras, Claudia o Para Ti en los años de Videla, Massera y compañía, se encubría con la instauración de vínculos afectivos entre las lectoras y los redactores. Lucrecia Gordillo, enfocaba sus editoriales con un pretendido lenguaje de ama de casa y su arsenal retórico estaba plagado de lugares comunes. "Sí, yo soy una mujer como usted y apoyo con fervor a este proceso que ha venido a resolver todos nuestros problemas. El mío y el suyo", llegó a escribir una vez. Al convencer a las lectoras de su pretendido paternalismo benevolente y del carácter privilegiado que asumen las relaciones humanas en el seno de la revista, directores y editorialistas se erigían a un nivel de autoridad imposible de alcanzar por el humano común. Llegado el momento, la familiaridad de la editorial se metamorfosea en una interpretación de la realidad social y en la adscripción ha determinados valores. Así, bajo la apariencia del entretenimiento, revistas como Para Ti "filtraban" el pensamiento militar y sembraban el miedo y la parálisis.

Treinta y siete años pasaron del último Golpe de Estado y casi treinta de la restauración de la Democracia en nuestro país. Es bueno entonces que nos preguntemos si las revistas femeninas han cambiado en algo y que nos proponen hoy en día. ¿Vivir o soñar? ¿Aprender o ignorar? ¿Decidir u obedecer? ¿Razonar o comprar lo que ellas mismas venden? ¿Amar o deshumanizarse?

De las respuestas que encontremos dependerá que nunca más algunos vuelvan a su papel de transmisores y encubridores de los fabricantes de la muerte.

jueves, 7 de marzo de 2013

8 de marzo - Día Internacional de la Mujer


WOMAN IS THE NIGGER OF THE WORLD
(La mujer es el negro del mundo, John Lennon)

La mujer es el negro del mundo 
Sí, lo es... pensalo
La mujer es el negro del mundo 
pensalo... haz algo 

Le hacemos pintar la cara y bailar 
Si ella no quiere ser una esclava, decimos que no nos ama 
Si es auténtica, decimos que trata de ser un hombre 
Mientras la rebajamos, simulamos que está por encima de nosotros 

La mujer es el negro del mundo... sí, lo es.
Si no me crees, mira a la que está contigo 
La mujer es el esclavo de los esclavos 
Sí... mejor pega un grito 

Le hacemos parir y criar a nuestros hijos 
Y luego la dejamos por ser una gallina clueca gorda y vieja 
Le decimos que su casa es el único lugar donde debería estar y después nos quejamos de que es muy poco mundana para ser nuestra amiga 

La mujer es el negro del mundo... sí, lo es.
Si no me crees, mira a la que está contigo 
La mujer es el esclavo de los esclavos 
Pensa al respecto

La insultamos todos los días por TV
Y nos preguntamos por qué no tiene agallas o confianza 
Cuando es joven, matamos su deseo de ser libre 
Y mientras le decimos que no sea tan lista 
La humillamos por ser tan tonta 

La mujer es el negro del mundo 
Sí que lo es... 
Si no me crees, mira a la que está contigo 
Sí, lo es... 
Si me crees, mejor pega un grito 

Le hacemos pintar la cara y bailar...

Hoy se recuerda (no se celebra) el Día Internacional de la Mujer, en memoria de aquéllas trabajadoras que estaban en huelga en una fábrica en Nueva York y fueron quemadas en 1909 junto con sus hijos por luchar por sus derechos. Fue Clara Zetkin quien propusiera esta conmemoración y que después retomó la ONU como una fecha para hacer un balance de la situación de las mujeres en el mundo.
Vaya esta letra como homenaje a todas!