martes, 4 de septiembre de 2012

HÉCTOR GERMÁN OESTERHELD: El compromiso a cuadritos


Es reconocido como el más importante guionista argentino. Creador de un nuevo estilo, en la narración y en el tratamiento de los personajes, es autor de algunas de las obras más importantes de la historieta argentina y fundador de dos de las revistas más significativas de ese género: Frontera y Hora Cero. A 35 años de su desaparición en manos de la dictadura, vale la pena repasar una obra que nos dejó mucho más que un puñado de protagonistas entrañables.


Como una más de las tradicionales figuritas redondas de fútbol que poblaron la niñez de los que ya tocamos los cincuenta, allá por 1971 aparecieron en los kioscos los sobres de “Súper Fútbol”. La gran novedad (y verdaderamente lo era) consistía en la inclusión de unos tarjetones gigantes, tipo postal, de cartón grueso y duro que incluían a los jugadores y equipos del momento más algunos automovilistas (pocos) y boxeadores (los menos). Según se leía en el sobre, podíamos encontrar dentro de cada paquete un tarjetón, dos redonditas (soñando que alguna vez nos tocara la “difícil”: Piris, el jugador de Platense) y otra figurita, cuadrada, que nos sonaba “descolocada” en aquél universo deportivo: una invasión alienígena a nuestro planeta.

La serie se llamaba “Platos voladores al ataque” y constaba de 100 imágenes rectangulares de cartulina. En el frente, un hermoso dibujo a todo color del maestro Alberto Breccia comenzaba a armar la historia. En el dorso, se iba desarrollando el tema, recurrente en la carrera de Héctor Germán Oesterheld, guionista y la otra mitad creativa de esta obra. Recuerdo que con mi hermano nos preguntamos más de una vez qué demonios tenían que ver los platos voladores con Silvio Marzolini (entonces defensor de Boca) o con el “Trueno Naranja”, el auto con que Carlitos Pairetti se cansó de ganar carreras. Mis diez años no me permitían leer entre líneas pero sí emocionarme con aquellos hechos fabulosos que se narraban, con las traiciones, los experimentos, los mártires y –por supuesto– la victoria final de la resistencia criolla contra el invasor extranjero.

Supongo ahora que Oesterheld era muy consciente de aquél extraño encargo y del tipo de público al que iba a ir dirigido su nuevo trabajo. Es cierto que su relato de corte épico, con un lenguaje directo y sencillo, rendía homenaje a los grandes maestros de la ciencia-ficción (el H. G. Welles de “La guerra de los mundos” y el Julio Verne de “Veinte mil leguas de viaje submarino”), pero también es cierto que era una historia que estaba muy ligada a los tiempos políticos que vivía nuestro país por aquellos años.

Rebobinemos: corría 1971 y la Dictadura militar autodenominada “Revolución Argentina” estaba ya dando pasos en retirada, empujada por las luchas populares, uno de cuyos principales acontecimientos fue el “Cordobazo” de mayo de 1969. En ese contexto, Oesterheld comienza a desarrollar “Platos voladores al ataque” y desplegando su mejor técnica consiguió involucrarnos a todos los pibes en esa lucha por la supervivencia de los seres humanos, hartos ya de ser explotados por el invasor.

¿Sólo por casualidad los personajes de esta historia eligen una y otra vez el sacrificio? ¿Sólo por casualidad Oesterheld bautiza “Montonera” a los poderosos cohetes con que responden los terrestres? “¡Ahora hay que pensar en la reconstrucción! ¡Haremos una Tierra más hermosa que antes!”, se leía en el dorso de la figurita que cerraba la historia. El dúo increíble de la historieta argentina une entretenimiento, ficción, realidad y compromiso y –como nadie– se lo sirven a una generación de chicos para que empiecen a pensar de qué va la cosa.

Una aventura interior

“Nunca me dio vergüenza escribir historietas” – afirmó Oesterheld en una excelente entrevista que le hicieron en 1975 Carlos Trillo y Guillermo Saccomano. Y agrega: “La historieta es un género mayor. Porque, ¿con qué criterio definimos lo que es mayor o es menor? Para mí, objetivamente, género mayor es cuando se tiene una audiencia mayor. Y yo tengo una audiencia mucho mayor que Borges. De lejos. Y estoy seguro que Borges también hubiera querido escribir guiones. Como tantos escritores argentinos”.

Reconociéndose influido por el Séptimo Arte (“desde John Ford a Antonioni”), no tardó en comprender dos cosas. La primera, que tanto el buen cine como la buena historieta son imagen. De esta manera, cuando le dieron piedra libre, trabajó las historias con poco diálogo y mucho dibujo. Las más de las veces los textos cumplían funciones muy precisas: daban cambios de tiempo, de clima, de ánimo. La segunda, que ambos medios son vehículos fantásticos para pintar la realidad de una sociedad. Como historietista, Oesterheld no dudo en jugar su compromiso con determinados valores sociales a través de su trabajo. Basta un ejemplo: nunca escribió una historia decididamente a favor de la injusticia.

“Una vez me pidieron una historia de la Legión Extranjera. Hasta me habían conseguido la documentación y todo: un libro en francés con historias verdaderas de la Legión. Y yo lo leí de punta a punta. Y contesté: ‘Pero ésta es una historia con héroes que son todos unos hijos de su madre, mercenarios, ladrones’. Y me negué a hacerla. Es que uno lee esas historias de la Legión, como Beau Geste, y se da cuenta de otras cosas. Y uno ve a los tipos esos peleando desde el fortín y a los otros, los que atacan a cuerpo descubierto. El coraje que hace falta para salir a la arena y venir a atacar ese fortín… ¿Dónde se le va la simpatía a uno? La simpatía se le va con el pobre ensabanado que viene ahí a atacar”.

Estaba seguro que –algún día– iba a ver concretada una historia que le atraía mucho y a la que sentía como una necesidad: la Guerra del Paraguay. “Con quien hablamos alguna vez de encararla fue con Solano López, quien, da la casualidad, desciende del caudillo paraguayo. En la Guerra de la Triple Alianza hay mucha riqueza. Entra todo. Y refleja, además, una problemática muy actual, que hoy vivimos”, decía en la entrevista ya citada. Oesterheld se sentía igual de cómodo trabajando con el pasado como con la ciencia-ficción: “Se puede decir muchas cosas, se puede metaforizar, aludir a lo de todos los días poéticamente. Son la pura imaginación”.

Este esfuerzo permanente de Oesterheld por dotar a sus personajes de toda la humanidad posible fue una constante de las historietas que creó. “Sargento Kirk”, una de las más famosas, se inició el 9 de enero de 1953 y contaba con los dibujos del genial italiano Hugo Pratt. Kirk es un desertor del famoso 7º de Caballería estadounidense. Asqueado de la inútil matanza contra los indios, sus principios lo hacen renegar de su pasada vida. El tratamiento innovador dado por HGO a la historia, los valores atípicos y novedosos para el género, convierten a este protagonista en una bisagra, un punto de referencia para la historieta realista.

A partir de allí, comienzan a aparecer actores y series importantes. Como el corresponsal de guerra Ernie Pike, dibujado en sus inicios por Hugo Pratt, quien lo creó con los rasgos de Oesterheld. Pike es un testigo que le permite al guionista contar todo tipo de historias, en las que se filtra el humanismo del autor dentro del terrible marco de la guerra. HGO se permitía invertir los vulgares tópicos narrativos habituales del género, como presentar alemanes como “buenos”. Se preocupaba por el hombre, y en este sentido, no hay para él buenos y malos en una guerra, sólo víctimas.

Y el 4 de septiembre de 1957, en el primer número de la revista Hora Cero Semanal, empieza la publicación de una de las historietas más importantes de Argentina: El Eternauta, con dibujos de Solano López. Ninguno de los dos supo entonces que le daban vida a un mito.

El héroe colectivo

En el prólogo de su primera edición, Héctor Germán Oesterheld subraya a propósito de su obra más famosa: “Siempre me fascinó la idea del Robinson Crusoe. Me lo regalaron siendo muy chico, debo haberlo leído más de veinte veces. El Eternauta, inicialmente, fue mi versión del Robinson. La soledad del hombre, rodeado, preso, no ya por el mar sino por la muerte. Tampoco el hombre solo de Robinson, sino el hombre con familia, con amigos. Por eso la partida de truco, por eso la pequeña familia que duerme en el chalet de Vicente López, ajena a la invasión que se viene. Ese fue el planteo. Lo demás... lo demás creció solo, como crece sola, creemos, la vida de cada día”. 

Hacia el final del relato, cuando advierte que la nevada mortal caerá sobre la tierra en nada más que cuatro años Oesterheld se pregunta: “¿Qué hacer? ¿Qué hacer para evitar tanto horror? ¿Será posible evitarlo publicando todo lo que El Eternauta me contó? ¿Será posible?”

La respuesta (y posible salida de esa derrota), está precisamente en la última página de la narración, cuando ese guionista anónimo, ese observador “pasivo” se compromete con la historia y decide testimoniar los hechos futuros. Al escribir la historia que Juan Salvo relata primero y olvida después, Oesterheld, da cuenta de la única esperanza para la humanidad: apelar a la memoria desde una postura de compromiso ético y social. El acontecimiento es evocado como obligación moral. La historia es una herramienta ideológica para alterar el orden social, dado que explica el pasado para ofrecer modos de cambiar el futuro.
Lo que evidencia la gran novela de Oesterheld es que el héroe solitario fracasa y necesitará siempre de otras fuerzas sociales para cambiar la situación. Ese héroe colectivo, ese grupo humano formado por Juan Salvo, Favalli, el obrero Franco y tantos otros personajes que se unían para enfrentar la invasión, refleja el sentir más íntimo de la obra: el único héroe válido es el héroe “en grupo”, nunca el héroe individual, el héroe solo.

Aquí y ahora

El recorrido de las incidencias y proezas de Juan Salvo y sus amigos en la lucha desigual pero heroica frente a los “Manos” y los “Ellos” son, para quien quiera verlo hoy y para quienes lo verán en el futuro con más claridad aún, un pedazo doloroso de la historia argentina. En noviembre de 1976 se reeditó “El Eternauta” y –como recordó una vez José Pablo Feinmann– “pasamos del goce de esa lejana primera edición al terror de esta segunda experiencia. La nieve caía, en efecto, sobre Buenos Aires. Caía sobre todos y a todos mataba”. Compenetrado con su actividad política, Oesterheld convierte la historieta en una manifestación de sus ideas. Jugarse “aquí y ahora” permitirá resistir al poderoso enemigo. Acosado por la dictadura, terminó de escribirlo en la clandestinidad.

Oesterheld fue secuestrado el 27 de abril de 1977. Estuvo detenido en un centro clandestino ubicado en Camino de Cintura y avenida Richieri y es –junto a sus cuatro hijas– parte de los treinta mil desaparecidos que nos dejó la última dictadura militar. El mejor guionista de historietas de este bendito país fue asesinado porque soñó con una salida colectiva.

Y aunque no puedo dejar de preguntarme si habrá muerto pensando que los “Ellos” ganaban la batalla, me gusta pensar también que tenemos la posibilidad de ofrecerle un gran homenaje: rescatar aquellos valores que transmitían cada uno de sus personajes e ir “guionando” nuestro presente de tal modo que el último cuadrito de la historia no traiga otra cosa que el final feliz.

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